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Historia de la Iglesia en el siglo XIV

La historia de la Iglesia católica en el siglo XIV estuvo marcada por la tensión entre el papado y las monarquías, el traslado de la sede pontificia a Aviñón, el debilitamiento de la autoridad romana, la peste negra, las transformaciones intelectuales de la escolástica y, al final de la centuria, el Cisma de Occidente. El periodo comenzó bajo el impacto del conflicto entre Bonifacio VIII y Felipe IV de Francia y terminó con una división institucional que sólo encontraría una solución definitiva en el Concilio de Constanza, entre 1414 y 1418.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreHistoria de la Iglesia en el siglo XIV
CategoríaEvento
DescripciónResumen de la evolución de la Iglesia católica en el siglo XIV, marcado por la tensión papal-monárquica, el papado de Aviñón, la peste negra y el Cisma de Occidente
Referencias
  • Bula Clericis laicos
  • Bula Unam sanctam
  • Decreto Haec sancta
  • Decreto Frequens
Contexto HistóricoTensiones entre el papado y las monarquías europeas, fortalecimiento de los estados centrales, cambios intelectuales escolásticos, crisis de autoridad papal y conflictos internos como la peste negra.
Eventos Relacionados
  • Conflicto entre Bonifacio VIII y Felipe IV
  • Traslado del papado a Aviñón (1309-1376)
  • Concilio de Vienne (1311-1312)
  • Peste negra (1347-1351)
  • Regreso del papado a Roma (1377)
  • Cisma de Occidente (1378-1417)
  • Concilio de Pisa (1409)
  • Concilio de Constanza (1414-1418)
Fecha de Fin1400
Fecha de Inicio1300
Importancia HistóricaEl siglo XIV transformó la autoridad papal, provocó la división de la Iglesia y sentó las bases para reformas posteriores, mientras la peste y el nominalismo alteraron la vida pastoral y la teología.
Lugar
  • Roma
  • Aviñón
  • Viena
  • Pisa
  • Constanza
  • Francia
  • Inglaterra
Personas Relacionadas
  • Bonifacio VIII
  • Felipe IV
  • Clemente V
  • Gregorio XI
  • Urbano VI
  • Clemente VII
  • Benedicto XIII
  • Martín V
  • Guillermo de Ockham
  • Duns Escoto
TipoSuceso histórico, Siglo XIV

Tabla de contenido

Contexto general

El siglo XIV heredó las estructuras de la cristiandad medieval, pero también sus tensiones. La Iglesia conservaba una enorme influencia espiritual, cultural, jurídica y social, aunque debía afrontar el fortalecimiento de las monarquías territoriales, la consolidación de administraciones centralizadas y la creciente autonomía de los poderes civiles.

Durante los siglos anteriores, el papado había defendido una concepción universal de su misión. El pontífice no actuaba únicamente como obispo de Roma, sino también como autoridad moral y arbitral en los conflictos entre príncipes cristianos. Sin embargo, en el siglo XIV los reyes comenzaron a reivindicar con mayor energía su jurisdicción sobre los asuntos fiscales, judiciales y eclesiásticos de sus territorios.

Francia ocupaba una posición central en este proceso. Bajo Felipe IV el Hermoso, la monarquía francesa reforzó la administración real, amplió la intervención de sus juristas y sometió a una fiscalidad más rigurosa a los territorios y grupos sociales del reino. Los legistas favorables al rey contribuyeron a formular una concepción de la autoridad regia que reducía la capacidad del papado para intervenir en los asuntos políticos franceses.1

Esta transformación no significó una desaparición inmediata de la cristiandad medieval, pero sí una modificación profunda de sus equilibrios. El rey ya no quería actuar como un príncipe sometido a una instancia eclesiástica supranacional en los asuntos temporales. La monarquía aspiraba a controlar la fiscalidad, la justicia y, en buena medida, la organización de la Iglesia dentro de sus fronteras.

El conflicto entre Bonifacio VIII y Felipe IV el Hermoso

La cuestión de la fiscalidad eclesiástica

El conflicto entre Bonifacio VIII y Felipe IV el Hermoso constituye el antecedente directo de la crisis de la Iglesia en el siglo XIV. Bonifacio VIII, elegido papa en 1294, pertenecía al Colegio cardenalicio y poseía una sólida formación en Derecho canónico y civil. Su pontificado defendió con firmeza la primacía pontificia en la Iglesia y la capacidad del papa para intervenir en cuestiones morales que afectaban a los gobernantes.2

La guerra entre Francia e Inglaterra agravó las necesidades económicas de la monarquía francesa. Felipe IV intentó obtener recursos mediante impuestos que afectaban también al clero. Bonifacio VIII respondió con la bula Clericis laicos, que prohibía a los gobernantes imponer cargas fiscales al clero sin autorización pontificia. La disputa no se reducía a una cuestión económica: implicaba decidir quién poseía la última palabra sobre los bienes eclesiásticos y sobre la autonomía de la Iglesia frente al poder civil.3

Felipe IV rechazó la intervención pontificia y empleó diversos medios para fortalecer su posición. Sus juristas defendieron la autoridad superior del rey dentro del reino y presentaron la resistencia a Bonifacio como una defensa de los derechos de la Corona. Los Estados Generales de 1302 respaldaron la tesis de que el rey no tenía superior temporal dentro de Francia.4

Unam sanctam

La confrontación alcanzó su punto culminante con la bula Unam sanctam, promulgada por Bonifacio VIII en 1302. El documento defendía la unidad de la Iglesia y la subordinación de toda autoridad humana al orden querido por Dios. Su fórmula más conocida afirma que la sumisión al pontífice romano resulta necesaria para la salvación.3

La bula debe interpretarse en el contexto de la doctrina medieval sobre la relación entre el poder espiritual y el poder temporal. Bonifacio VIII no pretendía convertir al papa en administrador ordinario de todos los asuntos civiles, pero sostenía que la autoridad política debía respetar la ley divina y la jurisdicción de la Iglesia en materias espirituales y morales.

Felipe IV contestó mediante una campaña política y propagandística contra el pontífice. Guillermo de Nogaret y otros juristas difundieron acusaciones contra Bonifacio y promovieron su condena. En 1303, agentes del rey participaron en la agresión de Anagni, donde el papa fue apresado durante un breve periodo. La humillación debilitó gravemente el prestigio del papado. Bonifacio VIII murió poco después, el 11 de octubre de 1303.3

El conflicto tuvo consecuencias duraderas:

  • Fortaleció la monarquía francesa frente al papado.
  • Favoreció la intervención de los reyes en los asuntos eclesiásticos.
  • Debilitó la imagen del pontífice como árbitro universal de la cristiandad.
  • Preparó el traslado de la sede pontificia a Aviñón.
  • Alimentó futuras doctrinas de autonomía de las Iglesias nacionales.

La crisis no nació únicamente de la personalidad de Bonifacio VIII ni de la política de Felipe IV. Ambos representaban concepciones incompatibles sobre la relación entre Iglesia, reino y autoridad universal.

El papado de Aviñón

Traslado de la sede pontificia

Tras la muerte de Bonifacio VIII y el breve pontificado de Benedicto XI, el Colegio de Cardenales eligió en 1305 al arzobispo de Burdeos, que tomó el nombre de Clemente V. El nuevo papa no acudió inmediatamente a Roma y fijó su residencia en Aviñón, ciudad situada en un territorio pontificio gobernado por la casa de Anjou.

El traslado no constituyó formalmente una desaparición de la sede romana. El papa continuó siendo el obispo de Roma y la curia mantuvo la conciencia jurídica de su pertenencia a la Iglesia romana. Sin embargo, la permanencia de los pontífices en Aviñón durante varias décadas produjo la impresión de una dependencia política respecto de Francia.

Entre 1309 y 1376, siete papas residieron en Aviñón. La mayoría de los cardenales procedía de Francia, y la curia adoptó una estructura administrativa cada vez más centralizada. La concentración de la gestión pontificia produjo avances jurídicos y financieros, pero también provocó críticas por la fiscalidad, el nepotismo y la excesiva vinculación de la Santa Sede con la política francesa.1

Organización y centralización pontificias

El papado de Aviñón desarrolló una administración compleja. La curia regulaba con mayor precisión las provisiones de beneficios, las dispensas, los procesos judiciales y la recaudación de recursos. Este crecimiento administrativo permitió al pontífice ejercer un gobierno más uniforme sobre la Iglesia latina.

La centralización también generó problemas. Muchas diócesis y parroquias dependían de decisiones tomadas a gran distancia. Los beneficios eclesiásticos podían acumularse en manos de personas ausentes de sus comunidades, mientras algunos clérigos buscaban cargos por razones económicas o familiares. La distancia entre la curia y las Iglesias locales alimentó la percepción de que la burocracia pontificia se había apartado de las necesidades pastorales.

El Concilio de Vienne

Clemente V convocó el Concilio de Vienne, celebrado entre 1311 y 1312. El concilio afrontó cuestiones relativas a la reforma de la Iglesia, la situación de los templarios y la disciplina eclesiástica. La monarquía francesa presionó para obtener la condena de la memoria de Bonifacio VIII y la supresión de la Orden del Temple.

El conflicto con Felipe IV también afectó a la libertad de la Iglesia francesa. Los abusos de los funcionarios reales contra el clero quedaron documentados en las quejas presentadas en torno al Concilio de Vienne. La política de la Corona pretendía concentrar en manos del rey los recursos de la Iglesia francesa y aumentar su capacidad de controlar los ingresos eclesiásticos.4

El Concilio de Vienne suprimió la Orden del Temple, aunque la cuestión jurídica y moral de sus acusaciones continúa siendo objeto de debate histórico. La decisión pontificia estuvo condicionada por la situación política y por la presión del monarca francés.

La vida de la Iglesia y la reforma

Dificultades pastorales

La Iglesia del siglo XIV no puede describirse únicamente mediante la crisis del papado. Las parroquias, monasterios, órdenes religiosas, cofradías y universidades mantuvieron una intensa actividad pastoral y cultural. Al mismo tiempo, muchos obispos y sacerdotes afrontaban diócesis extensas, dificultades de comunicación y escasos recursos para atender a la población.

La formación del clero presentaba grandes desigualdades. Las universidades de París, Bolonia, Oxford y otras ciudades ofrecían una preparación teológica, filosófica y jurídica de alto nivel, pero sólo una pequeña parte del clero podía acceder a esos estudios. La mayor parte de los sacerdotes recibía una instrucción local, a menudo insuficiente para predicar, enseñar la doctrina y administrar adecuadamente los sacramentos.5

La Iglesia medieval carecía todavía de seminarios diocesanos organizados como los que surgirían después del Concilio de Trento. La formación dependía de escuelas catedralicias, monasterios, universidades y de la enseñanza directa del obispo o del párroco. La distancia entre la élite teológica universitaria y el clero rural constituía uno de los grandes problemas pastorales de la época.5

Órdenes religiosas y espiritualidad

Las órdenes mendicantes -franciscanos, dominicos, carmelitas y agustinos- continuaron desempeñando un papel decisivo en la predicación, la enseñanza y la atención espiritual de las ciudades. Sus conventos estaban vinculados a las universidades y constituían centros de formación teológica.

El franciscanismo experimentó tensiones internas en torno a la pobreza evangélica. Algunos grupos defendían una interpretación rigurosa de la pobreza de Cristo y de los apóstoles, mientras la autoridad de la Orden y el papado buscaban una aplicación compatible con la estabilidad institucional. Guillermo de Ockham participó en estas controversias y acabó enfrentado con el papa Juan XXII.

La espiritualidad de la época combinó la penitencia pública, la devoción eucarística, la meditación sobre la pasión de Cristo, el culto mariano y las peregrinaciones. Las cofradías urbanas ofrecían asistencia mutua, enterramiento cristiano y obras de misericordia. La piedad popular convivía con críticas a los abusos del clero y a la acumulación de riquezas eclesiásticas.

Nominalismo y ruptura de la síntesis escolástica

La escolástica del siglo XIII

El siglo XIII había alcanzado una síntesis extraordinaria entre filosofía aristotélica, teología cristiana, metafísica y doctrina moral. Tomás de Aquino había integrado la razón filosófica y la revelación sin confundirlas, afirmando que ambas proceden de Dios y que, correctamente empleadas, no pueden contradecirse.

El siglo XIV no destruyó de golpe esa tradición, pero introdujo nuevas orientaciones. Duns Escoto acentuó la singularidad de cada ser mediante la noción de haecceitas-la característica que hace que un individuo sea precisamente ese individuo- y concedió una atención especial a la voluntad. Guillermo de Ockham llevó más lejos la crítica a la realidad extramental de los universales.

Rasgos del nominalismo

El nominalismo sostiene, en términos generales, que los universales -conceptos como «humanidad», «bondad» o «animalidad»- no existen como realidades comunes fuera de la mente, sino como nombres o conceptos aplicados a individuos concretos. Esta posición pretendía evitar entidades metafísicas innecesarias y subrayar la contingencia de la creación.

Ockham defendió una lógica rigurosa y criticó muchas demostraciones metafísicas tradicionales. Su pensamiento distinguió con mayor fuerza entre lo que la razón puede demostrar y lo que la fe recibe por revelación. También concedió un papel decisivo a la voluntad divina y humana.

Algunos intérpretes han descrito este cambio como una fragmentación de la unidad medieval entre fe, razón, naturaleza, gracia y libertad. Desde esta perspectiva, el nominalismo debilitó la confianza en una estructura inteligible del ser y favoreció una teología más centrada en la voluntad que en el orden objetivo de la realidad.6

Otros estudiosos recuerdan que el nominalismo no produjo por sí solo la crisis de la escolástica ni puede identificarse sin más con la modernidad. La filosofía del siglo XIV fue plural: coexistieron tomistas, escotistas, nominalistas, agustinianos y otras corrientes. Además, Ockham realizó aportaciones importantes a la lógica, a la teoría del conocimiento y a la reflexión sobre los límites de la autoridad.

Consecuencias teológicas y eclesiológicas

El nominalismo favoreció una separación más marcada entre:

  • La razón filosófica y la teología.
  • La naturaleza y la gracia.
  • El conocimiento intelectual y la experiencia sensible.
  • La ley natural y la voluntad divina.
  • La autoridad doctrinal y el análisis jurídico.

Esta evolución tuvo consecuencias para la eclesiología. Si la Iglesia carecía de una instancia doctrinal claramente reconocida en situaciones de crisis, el conflicto entre papas podía convertirse en una disputa sobre la fuente última de la autoridad. La cuestión no era simplemente quién ocupaba legítimamente la sede romana, sino quién podía determinar la legitimidad: el papa, el Colegio cardenalicio, un concilio general o la comunidad de la Iglesia.

La peste negra

La epidemia y sus contemporáneos

La peste negra llegó a Europa en 1347 y alcanzó diversas regiones durante los años siguientes. Las crónicas contemporáneas describen una mortalidad extraordinaria, la rapidez de los contagios, el miedo colectivo y la interrupción de la vida ordinaria. Giovanni Villani, Agnolo di Tura y otros cronistas italianos dejaron testimonios sobre ciudades desbordadas por la muerte y sobre la incapacidad de las autoridades para atender a todos los enfermos y sepultar a los difuntos.

Las narraciones de la época interpretaron la peste dentro de un horizonte religioso. Muchos cristianos la vivieron como una llamada a la penitencia y a la conversión; otros buscaron explicaciones en causas naturales, astrológicas o sociales. Las procesiones penitenciales y las devociones comunitarias crecieron en numerosos lugares, aunque también aparecieron acusaciones contra minorías y episodios de violencia que contradicen la caridad cristiana.

La peste afectó a todos los niveles de la sociedad. Murieron obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Las diócesis perdieron simultáneamente a numerosos ministros, y la urgencia pastoral obligó a ordenar candidatos con una preparación menor que la deseable.

Impacto en la formación del clero

La mortalidad provocó una grave disminución del número de sacerdotes disponibles. Muchas parroquias quedaron sin párroco o pasaron a depender de clérigos itinerantes. La necesidad de administrar la penitencia, la unción de los enfermos, la Eucaristía y los funerales impulsó a los obispos a cubrir rápidamente las vacantes.

La crisis acentuó una dificultad ya existente: la mayor parte del clero no tenía acceso a una formación universitaria completa. Las universidades podían preparar a maestros y teólogos, pero no podían responder con rapidez a la pérdida masiva de sacerdotes en zonas rurales. La Iglesia recurrió a escuelas locales, comunidades religiosas y formación práctica bajo la autoridad episcopal. La desigualdad educativa entre el clero culto y el clero parroquial se hizo más visible.5

Las crónicas también muestran el desgaste físico y espiritual de los ministros. Muchos sacerdotes permanecieron junto a los enfermos y murieron durante el ejercicio de su ministerio. Otros abandonaron sus puestos por temor o por falta de medios. Esta situación generó problemas disciplinarios, pero también ejemplos de heroísmo pastoral.

La peste transformó la vida religiosa europea. El trauma demográfico favoreció una religiosidad penitencial y afectiva, intensificó la preocupación por la muerte y estimuló representaciones artísticas como el triunfo de la muerte y las danzas macabras. La experiencia de la fragilidad humana penetró en la predicación, en la literatura espiritual y en la práctica sacramental.

El regreso del papado a Roma

Gregorio XI

En el siglo XIV creció la presión para que el papado regresara a Roma. Santa Catalina de Siena y santa Brígida de Suecia defendieron con energía el retorno del pontífice a la sede de Pedro. También influyeron la situación política italiana y la necesidad de recuperar la autonomía romana frente a la dependencia percibida de la monarquía francesa.

Gregorio XI abandonó Aviñón y llegó a Roma en 1377. El retorno no resolvió las tensiones acumuladas. La curia seguía dividida por rivalidades nacionales y la situación política de los Estados Pontificios permanecía inestable.

Gregorio XI murió en Roma el 27 de marzo de 1378. El Colegio cardenalicio eligió a Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari, que tomó el nombre de Urbano VI. La elección ocurrió en un ambiente de fuerte presión popular romana, que exigía un papa italiano o, al menos, residente en Roma.

El Cisma de Occidente

La elección de Clemente VII

Pocos meses después de la elección de Urbano VI, varios cardenales declararon inválida la elección alegando que había quedado condicionada por la coacción del pueblo romano. En Fondi, el 20 de septiembre de 1378, eligieron a Roberto de Ginebra, que adoptó el nombre de Clemente VII y regresó a Aviñón.

Comenzó así el Cisma de Occidente, también llamado Gran Cisma de Occidente. La Iglesia latina quedó dividida entre dos obediencias, cada una con su propio papa, curia y red diplomática. No se trató de una ruptura doctrinal semejante a la separación entre Oriente y Occidente o a la Reforma protestante. El problema principal consistía en la legitimidad de la elección pontificia y en la obediencia jurídica al verdadero papa.

La obediencia romana contó con amplios apoyos en Italia, el Imperio, Inglaterra, Hungría, Polonia y otras regiones. La obediencia aviñonesa recibió el respaldo de Francia, Escocia, Castilla, Aragón, Navarra y diversos territorios vinculados a la política francesa. La distribución no fue completamente uniforme y cambió en algunos lugares con el tiempo.

Urbano VI mantuvo su pretensión de legitimidad hasta su muerte en 1389. Los cardenales de su obediencia eligieron entonces a Bonifacio IX, que gobernó desde Roma.7

La prolongación del cisma

En Aviñón, Clemente VII murió en 1394. Los cardenales aviñoneses eligieron a Pedro de Luna, que tomó el nombre de Benedicto XIII. El nuevo pontífice defendió con firmeza la legitimidad de su elección y rechazó las propuestas de renuncia simultánea destinadas a facilitar la unidad.

Bonifacio IX también rechazó la renuncia. En 1392 intentó establecer contactos con Clemente VII para recuperar la unidad, pero las negociaciones fracasaron. La oposición entre ambas obediencias convirtió el cisma en una crisis prolongada que afectó a la disciplina, a la administración de beneficios y a la confianza de los fieles en la autoridad pontificia.7

La existencia de dos papas rivales produjo graves consecuencias:

  • Obispos y clérigos recibían obediencias contradictorias.
  • Los nombramientos episcopales podían ser impugnados por la obediencia contraria.
  • Los reinos utilizaban la cuestión pontificia para defender sus intereses políticos.
  • Aumentaron las críticas contra la fiscalidad y la burocracia eclesiásticas.
  • Numerosos fieles quedaron privados de una referencia pontificia común.

El cisma terminó por afectar a la credibilidad institucional de la Iglesia, aunque la vida sacramental y la fe de la mayoría de los cristianos continuaron dentro de las estructuras parroquiales, diocesanas y religiosas ordinarias.

El conciliarismo

Una herramienta de emergencia

El cisma impulsó la búsqueda de una solución extraordinaria. Si dos hombres afirmaban ser papa y ambos contaban con cardenales, obispos, universidades y reinos que los reconocían, ¿qué autoridad podía convocar una asamblea capaz de restablecer la unidad?

El conciliarismo surgió como una teoría que atribuía al concilio general una autoridad superior a la del papa, al menos en situaciones excepcionales. Sus antecedentes estaban en ciertos canonistas de los siglos XII y XIII, pero la doctrina adquirió forma más definida en el siglo XIV, especialmente en autores como Marsilio de Padua y Guillermo de Ockham.8

En su versión moderada, el conciliarismo recurría al concilio como instrumento de emergencia para resolver un cisma, una herejía o una crisis extrema. No todos los partidarios de un concilio pretendían establecer un gobierno conciliar permanente ni negar toda primacía al papa.

Esta distinción resulta esencial. El recurso a una asamblea episcopal para restaurar la unidad podía presentarse como una medida excepcional exigida por la imposibilidad práctica de determinar cuál de los pretendientes era legítimo. La urgencia pastoral y la necesidad de salvaguardar la unidad visible de la Iglesia impulsaron esa solución.

El conciliarismo como error eclesiológico

Otra forma de conciliarismo convirtió la superioridad del concilio en un principio permanente. Según esta interpretación, el papa quedaba jurídicamente subordinado al concilio general, que podía convocarlo, juzgarlo y deponerlo incluso fuera de una situación extraordinaria.

Esta doctrina cuestionaba la primacía petrina, es decir, la misión singular confiada por Cristo a Pedro y a sus sucesores como principio visible de unidad de la Iglesia universal. La primacía del papa no constituye un poder absoluto desligado de la fe, de la tradición y de la constitución divina de la Iglesia; pero tampoco puede reducirse a una función meramente administrativa sometida de forma ordinaria a una asamblea.

La teoría conciliar ofreció una salida práctica al cisma, pero mostró una fragilidad constitucional cuando afirmó que el concilio poseía de manera permanente una autoridad superior al pontífice. Tal planteamiento dejaba en segundo plano el carácter propio del ministerio petrino y podía generar incertidumbre sobre la existencia de una autoridad capaz de preservar a la Iglesia del error doctrinal.9

El Concilio de Pisa

En 1409, cardenales de ambas obediencias convocaron el Concilio de Pisa. La asamblea declaró depuestos a Gregorio XII, de la obediencia romana, y a Benedicto XIII, de la obediencia aviñonesa. Después eligió a Alejandro V.

La iniciativa no alcanzó su objetivo. Ni Gregorio XII ni Benedicto XIII aceptaron las decisiones de Pisa, y ambos conservaron sus partidarios. La Iglesia pasó a tener tres pretendientes: Gregorio XII, Benedicto XIII y Alejandro V, sucedido en 1410 por Juan XXIII.

El fracaso de Pisa mostró que un concilio sin una base jurídica y eclesial suficientemente aceptada podía aumentar la división en vez de resolverla. También reforzó la necesidad de convocar una asamblea con mayor representación y autoridad política y eclesiástica.

El Concilio de Constanza

Convocatoria y composición

El Concilio de Constanza se reunió entre 1414 y 1418, ya fuera del siglo XIV, pero su convocatoria y su primera finalidad pertenecen directamente a la crisis creada durante aquella centuria. El emperador Segismundo promovió la reunión para poner fin al cisma, reformar la Iglesia y afrontar cuestiones doctrinales.

Juan XXIII, sucesor de Alejandro V, acudió a Constanza. También llegaron representantes de numerosos reinos, universidades, obispos, teólogos y canonistas. La participación de las naciones políticas adquirió gran importancia en la toma de decisiones. Las delegaciones de Aragón, Navarra y Castilla se incorporaron en 1416, después de la promulgación del decreto Haec sancta.8

La deposición y las renuncias

Juan XXIII abandonó Constanza, pero el concilio continuó sus sesiones. El 4 de julio de 1415, Gregorio XII autorizó formalmente la convocatoria del concilio y renunció al papado el 4 de julio de 1415, hecho que facilitó la solución jurídica de la obediencia romana.

El concilio depuso a Juan XXIII el 29 de mayo de 1415 y a Benedicto XIII el 26 de julio de 1417. Benedicto XIII se negó a renunciar y mantuvo su pretensión hasta su muerte en Peñíscola, en 1423. La mayor parte de sus partidarios terminó aceptando la elección de Martín V.

El 11 de noviembre de 1417, el concilio eligió a Martín V, de la familia Colonna. La elección puso fin al Cisma de Occidente en la práctica y restableció un único pontífice reconocido por la mayoría de la Iglesia latina.

Haec sancta y Frequens

La sesión quinta de Constanza aprobó el decreto Haec sancta, que afirmaba que el concilio general recibía su poder directamente de Cristo y que todos, incluido el papa, debían obedecerlo en asuntos relacionados con la superación del cisma. Este decreto constituye la expresión más fuerte del conciliarismo dentro de Constanza.

Su interpretación histórica ha sido discutida. Algunos autores lo consideran una afirmación doctrinal de la superioridad permanente del concilio; otros lo entienden como una medida excepcional vinculada a una situación en la que la legitimidad pontificia estaba disputada y el concilio carecía de un papa universalmente reconocido.

La sesión trigésima novena aprobó en 1417 el decreto Frequens, que ordenaba la celebración periódica de concilios generales. Sin embargo, Frequens no afirmaba por sí mismo la superioridad permanente del concilio sobre el papa. La interpretación que identifica automáticamente este decreto con una teoría conciliarista estricta simplifica su contenido jurídico.8

La Iglesia posterior rechazó la idea de que el concilio general constituyera una instancia ordinaria superior al papa. El concilio resultó decisivo como medio extraordinario para restaurar la unidad, pero la doctrina católica mantuvo la primacía del sucesor de Pedro como elemento constitutivo de la Iglesia universal.

La Iglesia en los reinos hispánicos

La Iglesia de los reinos peninsulares vivió las tensiones generales de la cristiandad latina, aunque cada reino mantuvo una situación propia. Castilla, Aragón, Navarra y Portugal participaron en la política pontificia, en las reformas religiosas y en las redes universitarias y diplomáticas de Europa.

Durante el Cisma de Occidente, los reinos hispánicos reconocieron principalmente la obediencia aviñonesa. La Corona de Aragón tuvo una relación especialmente estrecha con Benedicto XIII, nacido Pedro de Luna y vinculado a la nobleza aragonesa. Su resistencia prolongó la división incluso después de la elección de Martín V.

Los teólogos y canonistas hispánicos acudieron a Constanza, aunque su incorporación no se produjo al inicio del concilio. Aragón entró el 15 de octubre de 1416, Navarra el 24 de diciembre del mismo año y Castilla el 18 de junio de 1417. Todas las delegaciones españolas estaban presentes cuando se promulgó Frequens.8

La participación hispánica no implicó una aceptación uniforme del conciliarismo. La presencia de teólogos y juristas de los reinos peninsulares contribuyó a la representación política del concilio, pero no permite atribuir automáticamente ideas conciliaristas a todos sus miembros.

Cultura, universidades y arte religioso

Las universidades continuaron siendo uno de los principales instrumentos de la Iglesia para la formación intelectual. París conservó su importancia en teología; Bolonia destacó en Derecho canónico; Oxford desarrolló una intensa actividad filosófica y teológica; y las universidades de la península ibérica ampliaron su influencia.

La cultura eclesiástica del siglo XIV estuvo marcada por:

  • La teología escolástica.
  • El Derecho canónico.
  • La predicación mendicante.
  • La mística.
  • La literatura religiosa en lenguas vernáculas.
  • La reflexión sobre la pobreza, la Iglesia y la autoridad.
  • La arquitectura gótica y la pintura devocional.

La crisis institucional no anuló la creatividad cristiana. La devoción a la humanidad de Cristo, el culto a la Virgen María y la meditación sobre la muerte adquirieron una intensidad particular después de la peste. Las catedrales, parroquias y conventos siguieron siendo centros de culto, asistencia, enseñanza y memoria comunitaria.

Balance histórico

El siglo XIV fue una época de crisis profunda, pero no de desaparición de la Iglesia. El papado perdió parte de su prestigio político después del conflicto con Felipe IV y durante la residencia en Aviñón. La peste negra provocó una catástrofe demográfica que afectó especialmente a las estructuras parroquiales y a la formación del clero. El nominalismo cuestionó algunos presupuestos de la síntesis escolástica y favoreció una mayor separación entre razón, fe, naturaleza y voluntad.

El Cisma de Occidente llevó la crisis de autoridad a su grado máximo. Dos y luego tres obediencias pontificias dividieron a la cristiandad latina. El conciliarismo ofreció una respuesta práctica al problema, pero su versión radical puso en cuestión la primacía del sucesor de Pedro.

Constanza restableció la unidad bajo Martín V, aunque el conflicto dejó una huella duradera. La Iglesia entró en el siglo XV con la necesidad de reformar la curia, mejorar la formación del clero, limitar los abusos administrativos y clarificar la relación entre el papa y los concilios. La historia eclesial del siglo XIV muestra así cómo una crisis política puede convertirse en crisis institucional, intelectual y pastoral sin destruir la continuidad de la fe, de los sacramentos y de la misión apostólica de la Iglesia.

Citas y referencias

  1. Francia, . Enciclopedia Católica, Francia (1913). 2
  2. Papa Bonifacio VIII, . Enciclopedia Católica, Papa Bonifacio VIII (1913).
  3. Papa n.o 193: Bonifacio VIII, Magisterio IA. Breve Historia de los Papas de la Iglesia Católica, Papa 193 (2024). 2 3
  4. Felipe IV, . Enciclopedia Católica, Felipe IV (1913). 2
  5. Seminario eclesiástico, . Enciclopedia Católica, Seminario eclesiástico (1913). 2 3
  6. Paul Morrissey. Servais-Théodore Pinckaers, O.P., y la renovación de la teología tomista sapiente, 7 (2014).
  7. Papa Bonifacio IX, . Enciclopedia Católica, Papa Bonifacio IX (1913). 2
  8. J. Goñi-Gaztambide. El conciliarismo en España, 2 (1978). 2 3 4
  9. Mauro Rivella. El tema del magisterio en la doctrina teológica y jurídica posttridentina (1563-1730), 1994, Número 3, págs. 469-491, 4 (1994).
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