La Iglesia y el poder temporal
Durante el siglo XIV la Iglesia mantenía una posición de gran influencia tanto espiritual como temporal. Sin embargo, la pretensión papal de dominio político fue cada vez más cuestionada. El intento de Pío VIII de reafirmar la supremacía papal mediante la bula Unam Sanctam (1302) encontró una férrea oposición del rey de Francia, lo que marcó el comienzo del declive del poder temporal del pontífice1. Esta confrontación se vio reflejada en el traslado de la corte papal a Avignon, donde los papas permanecieron bajo la tutela de la monarquía francesa durante siete décadas2.
La situación eclesiástica antes del cisma
La autoridad papal también se vio debilitada por la percepción de worldliness (mundanalidad) entre los altos jerarcas eclesiásticos y por la creciente rivalidad entre los Estados. La Iglesia, aunque todavía poseía un fuerte prestigio, enfrentaba críticas por su excesiva centralización y por la interferencia de los poderes seculares en asuntos internos de la Iglesia3.
