La herencia de la Revolución Francesa
La Revolución Francesa (1789‑1799) destruyó la estrecha alianza entre el trono y el altar, confiscó bienes eclesiásticos y estableció la Constitución Civil del Clero, que obligó a los sacerdotes a jurar lealtad al Estado y a ser elegidos por voto popular3. Este proceso introdujo el secularismo como rasgo estructural de la política europea, persiguiendo una «transvaloración de los valores» que relegaba a la Iglesia a un papel secundario en la vida pública4.
Respuesta ultramontana
Frente a la amenaza del liberalismo y del galicanismo, surgió el movimiento ultramontano, que defendía la centralidad del papado como garantía de la libertad e independencia eclesial2,5. Los obispos de la época vieron en una papalidad reforzada una protección contra la injerencia estatal y una fuerza de unidad para la Iglesia2.
