El Cisma de Occidente, iniciado en 1378, dividió a la cristiandad latina entre obediencias rivales. Durante algunos años llegaron a coexistir tres pretendientes al papado, lo que debilitó la autoridad pontificia y agravó las tensiones entre los poderes eclesiásticos y civiles.1,2
El Concilio de Constanza, celebrado entre 1414 y 1418, puso fin a la división y permitió la elección de Martín V en 1417. Con la restauración de un único papa reconocido en Occidente, la Iglesia recuperó la unidad institucional, aunque persistieron las disputas sobre la reforma y el gobierno eclesiástico.1,3
La crisis había extendido la idea de que un concilio podía intervenir para resolver una emergencia de esa magnitud. De ahí surgió el conciliarismo: la teoría de que un concilio general podía ejercer autoridad superior a la del papa, incluso de forma permanente. La Comisión Teológica Internacional explica que esa pretensión no concuerda con la Tradición de la Iglesia, aunque reconoce la importancia de los procedimientos sinodales para afrontar las crisis y promover la reforma.1
