El siglo XVII heredó la renovación católica promovida por el Concilio de Trento. La reforma no consistió solo en responder a la ruptura confesional de Europa: también aspiró a fortalecer la vida interna de la Iglesia, mejorar la formación del clero y renovar la actividad pastoral. Las órdenes religiosas desempeñaron un papel destacado en ese proceso, y una sucesión de figuras santas contribuyó a orientar la vida espiritual de los fieles. Los papas, por su parte, dedicaron renovados esfuerzos a la misión religiosa y a impulsar las reformas eclesiásticas.1
La aplicación de las disposiciones tridentinas varió según los territorios. En Francia, por ejemplo, algunos obispos reformaron sus diócesis siguiendo las directrices conciliares, aunque los decretos de Trento no llegaron a aplicarse oficialmente en el reino. La experiencia reformadora de Italia influyó en ese movimiento, que contó con obispos y religiosos interesados en fortalecer la disciplina eclesiástica y la instrucción cristiana.2
La renovación también afectó a la formación sacerdotal. En Francia, san Vicente de Paúl y sus colaboradores fundaron la Congregación de la Misión, mientras que Jean-Jacques Olier impulsó la fundación de los sulpicianos. Estas iniciativas contribuyeron a la renovación del clero secular y al desarrollo de seminarios mayores. La reforma, por tanto, no se redujo a decisiones de la jerarquía: tomó forma en comunidades religiosas, centros de formación y nuevas prácticas pastorales.2

