El Concilio de Trento (1545‑1563) sentó las bases para una reforma profunda que se manifestó en el siglo XVII. Entre sus logros destacan la definición clara de la doctrina, la reforma de la disciplina eclesiástica y la creación de colegios y seminarios para la formación del clero1. Estas medidas fortalecieron la unidad de la Iglesia y le dieron la energía necesaria para enfrentar los desafíos internos y externos2.
La centralización papal después de Trento
Tras el concilio, la autoridad del pontífice se consolidó, convirtiéndose en un marcador de identidad confesional católica frente al protestantismo3. La creación de la Congregación de la Propaganda Fide (1622) y el impulso de órdenes religiosas como los jesuitas reforzaron la capacidad de la Iglesia para coordinar la misión universal3.
