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Historia de la Iglesia en el siglo XVIII

La historia de la Iglesia en el siglo XVIII estuvo marcada por la tensión entre la tradición católica, el absolutismo monárquico, las reformas ilustradas y las corrientes revolucionarias. La vida eclesial no dependió únicamente de las decisiones pontificias: evolucionó mediante una interacción constante entre el Trono y el Altar, entre las monarquías católicas, las instituciones eclesiásticas, las órdenes religiosas, las comunidades locales y los movimientos intelectuales de la época.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreHistoria de la Iglesia en el siglo XVIII
CategoríaEvento
DescripciónResumen de la evolución de la Iglesia católica en el siglo XVIII entre tradición, absolutismo monárquico, reformas ilustradas y revoluciones
ContextoLa Iglesia operó con estructuras post-Trento mientras monarquías europeas imponían concordatos, patronatos y regalismo para controlar asuntos eclesiásticos.
DocumentosBula Unigenitus Dei Filius (1713); Dominus ac Redemptor (1773); Constitución civil del clero (1790)
Eventos RelacionadosBula Unigenitus Dei Filius (1713), Dominus ac Redemptor (1773), Constitución civil del clero (1790)
ImportanciaIlustra la interacción Trono-Altar y los cambios que prepararon a la Iglesia para la modernidad y la crisis revolucionaria.
TemaJansenismo, Supresión de la Compañía de Jesús, José II, Regalismo, Ilustración católica, Revolución Francesa
TipoSuceso histórico, XVIII, Siglo XVIII

Tabla de contenido

Contexto histórico y religioso

El siglo XVIII comenzó bajo la herencia de la Reforma católica y del orden político nacido después del Concilio de Trento. La Iglesia contaba con estructuras episcopales más sólidas, seminarios, congregaciones religiosas, redes educativas y una intensa actividad misionera. Al mismo tiempo, los soberanos europeos habían adquirido amplias competencias sobre los asuntos eclesiásticos mediante concordatos, privilegios de patronato y prácticas regalistas.

La monarquía católica no actuaba simplemente como una fuerza exterior a la Iglesia. Durante siglos, los príncipes habían protegido templos, fundado diócesis, financiado misiones, nombrado obispos y sostenido instituciones educativas. A cambio, reclamaban una intervención creciente en la disciplina eclesiástica, en la administración de bienes y en la comunicación entre Roma y las Iglesias locales. Esta colaboración produjo una estrecha simbiosis entre la autoridad civil y la eclesiástica, especialmente en los territorios gobernados por dinastías católicas.1

La relación entre el papado y las monarquías no permaneció estática. Durante el siglo XVIII, varios gobiernos intentaron transformar la protección de la Iglesia en una auténtica subordinación administrativa. El regalismo ibérico, el galicanismo francés, el febronianismo alemán y el josefinismo austríaco expresaron, con diferencias doctrinales y políticas, la aspiración del Estado a controlar aspectos cada vez más amplios de la vida eclesial.

El papado durante el siglo XVIII

Clemente XI y la controversia jansenista

El pontificado de Clemente XI estuvo dominado por la controversia jansenista, especialmente en Francia. La bula Unigenitus Dei Filius, promulgada en 1713, condenó proposiciones atribuidas a Pasquier Quesnel y vinculadas a una concepción rigorista de la gracia, la libertad humana y la vida sacramental.

El jansenismo francés no constituyó únicamente una disputa teológica. También estuvo relacionado con las reivindicaciones del galicanismo parlamentario, que defendía una autonomía considerable de la Iglesia francesa respecto de Roma. La controversia afectó a obispos, sacerdotes, universidades, tribunales y comunidades religiosas, y contribuyó a debilitar la unidad disciplinar del catolicismo francés.

La disputa sobre la frecuencia de la comunión, la autoridad pontificia y la relación entre gracia y libertad adquirió una fuerte dimensión pastoral. La polémica enfrentó, de forma simplificada, a partidarios de una espiritualidad rigorista y a defensores de la teología moral jesuita. Sin embargo, la oposición entre jansenismo y jesuitismo no explica por sí sola toda la complejidad intelectual del catolicismo ilustrado. Algunos jesuitas participaron activamente en la renovación de la historia eclesiástica, las ciencias, las artes y la educación.2

Benedicto XIV y la renovación católica

El pontificado de Benedicto XIV, entre 1740 y 1758, representó uno de los momentos más fecundos de la Iglesia del siglo XVIII. Próspero Lambertini, arzobispo de Bolonia antes de su elección, destacó por su formación jurídica, su moderación y su capacidad para dialogar con los gobiernos y con los ambientes intelectuales.

Benedicto XIV impulsó una política de conciliación con las monarquías, promovió la disciplina clerical y favoreció la claridad en cuestiones litúrgicas, canónicas y misioneras. Su pontificado mostró que la Iglesia podía responder a los desafíos modernos no solo mediante la condena, sino también mediante la reforma interna, la investigación histórica y la negociación diplomática.

En España, su pontificado coincidió con la consolidación del Patronato Real Universal. El concordato de 1753 extendió ampliamente las facultades de patronato de la Corona, que ya contaba con importantes derechos sobre la Iglesia de Granada y sobre las Iglesias de América. El acuerdo concedió al monarca una influencia excepcional en el nombramiento de cargos y en la organización eclesiástica.1

Clemente XIII y Clemente XIV

Clemente XIII, elegido en 1758, defendió con firmeza la autoridad pontificia y la continuidad de la Compañía de Jesús. Durante su pontificado aumentaron las presiones de las monarquías borbónicas contra los jesuitas. Francia, Portugal y España consideraban a la Compañía una institución demasiado vinculada a Roma y poco sometida a los proyectos centralizadores de las coronas.

Clemente XIV, elegido en 1769, heredó una situación diplomática extremadamente difícil. Francia había iniciado reformas forzosas de las órdenes religiosas y había suprimido algunas congregaciones sin autorización pontificia. En varios territorios alemanes, los príncipes contemplaban los bienes monásticos como recursos disponibles para las finanzas públicas.3

Ante la amenaza de un cisma promovido por las monarquías, Clemente XIV promulgó en 1773 el breve Dominus ac Redemptor, que suprimió la Compañía de Jesús. La decisión constituyó uno de los acontecimientos más dolorosos del siglo para numerosos católicos. Prusia y Rusia no aplicaron inmediatamente la supresión en sus territorios, y allí algunos jesuitas conservaron su vida comunitaria y educativa.3

Pío VI y la crisis del final del siglo

Pío VI, elegido en 1775, afrontó el avance del absolutismo ilustrado, las doctrinas eclesiológicas antirromanas y la Revolución francesa. El viaje del papa a Viena en 1782 pretendió frenar la política eclesiástica de José II, pero no modificó sustancialmente el programa josefinista. La visita simbolizó la gravedad del conflicto entre la autoridad pontificia y un Estado católico que pretendía organizar unilateralmente la vida de la Iglesia.1

La Revolución francesa agravó la situación. La Asamblea Constituyente aprobó la Constitución civil del clero en 1790, que reorganizó las diócesis, sometió a los sacerdotes a un juramento civil y rompió la comunión de numerosos clérigos con Roma. Pío VI condenó las medidas revolucionarias, mientras la persecución afectaba a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.

La Ilustración y la Iglesia católica

La Ilustración radical

La Ilustración no formó un bloque homogéneo. Algunas corrientes defendieron la razón como instrumento compatible con la fe; otras adoptaron posiciones deístas, materialistas o abiertamente anticristianas. La Ilustración radical rechazó la revelación histórica como fuente fiable de conocimiento y consideró irreconciliables la contingencia de la historia y las exigencias de una razón autónoma.4

Esta corriente criticó los milagros, la autoridad eclesial, la tradición, los privilegios jurídicos del clero y la influencia social de las órdenes religiosas. Voltaire, Diderot y otros autores atacaron con particular dureza a la Iglesia católica, aunque sus críticas respondían también a abusos reales, a conflictos políticos y a la resistencia frente a estructuras sociales muy jerarquizadas.

En Francia, la combinación de galicanismo parlamentario, jansenismo, anticlericalismo cortesano y filosofía ilustrada debilitó la autoridad religiosa. Los ambientes aristocráticos y algunos salones favorecieron el libertinaje intelectual y la incredulidad, mientras la monarquía conservaba formalmente el título de «Muy Cristiana».5

La Ilustración católica

Junto a la Ilustración radical existió una Ilustración católica, también llamada catolicismo ilustrado. Sus representantes procuraron armonizar la fe con la crítica histórica, la renovación educativa, la tolerancia civil, la reforma jurídica y el desarrollo científico.

Esta corriente no rechazaba necesariamente el cristianismo ni la autoridad de la Iglesia. Muchos de sus protagonistas querían purificar la vida eclesial de supersticiones, abusos administrativos, prácticas devocionales poco fundamentadas y métodos educativos deficientes. También aspiraban a mejorar la formación del clero y a hacer más eficaz la acción pastoral.

El catolicismo ilustrado floreció en Francia, Austria, los Estados alemanes, Italia, Malta, Polonia-Lituania, Portugal y España. Sus protagonistas incluyeron obispos reformadores, sacerdotes, religiosos, juristas, educadores y mujeres de las cortes y de los círculos intelectuales. La historiografía contemporánea ha mostrado que las mujeres católicas participaron activamente en la educación, la literatura y la reforma cultural de la época.6,7

Entre los autores y reformadores vinculados a esta renovación destacaron Ludovico Antonio Muratori, Benito Jerónimo Feijoo, Antonio Genovesi, Eusebio Amort y Luis Antonio Verney. Sus obras abordaron la educación, la historia, la moral, la economía, la crítica de las supersticiones y la relación entre razón y fe.

La teología católica reaccionó a menudo de forma defensiva ante la Ilustración, dando prioridad a la apologética y separando excesivamente el orden natural de la razón y el orden sobrenatural de la fe. Sin embargo, también produjo respuestas constructivas que comprendían la revelación como la autocomunicación de Dios en Jesucristo y como una presencia salvadora de Dios en la historia.4

El regalismo y la política del Trono y el Altar

El regalismo ibérico

En España y Portugal, las monarquías borbónicas y la Corona portuguesa reforzaron su intervención en la Iglesia. El regalismo defendía los derechos del soberano sobre asuntos considerados temporales o mixtos, aunque en la práctica podía extenderse a nombramientos, comunicaciones con Roma, bienes eclesiásticos, educación clerical y jurisdicción.

La monarquía española ejerció un control particularmente amplio mediante el patronato. El sistema abarcaba la presentación de obispos, la provisión de beneficios, la organización de diócesis y numerosos aspectos de la vida eclesial en América. El concordato de 1753 consolidó esta autoridad en la península y convirtió a la Corona en el principal intermediario entre Roma y amplios sectores de la Iglesia española.1

El regalismo también afectó a las misiones americanas. Los gobiernos pretendían que las órdenes religiosas y los obispos obedecieran las directrices administrativas de la Corona. Las tensiones aumentaron cuando los ministros ilustrados consideraron que determinadas comunidades religiosas poseían demasiadas riquezas, disfrutaban de excesivas exenciones o escapaban al control de los funcionarios reales.

La expulsión de los jesuitas

Portugal expulsó a los jesuitas en 1759 bajo el gobierno del marqués de Pombal. Francia siguió un camino semejante en 1764 y España expulsó a la Compañía en 1767. Las acusaciones políticas, económicas y doctrinales contra los jesuitas sirvieron para justificar una decisión que respondía también al deseo de los gobiernos de reducir la autonomía de la Iglesia.

La expulsión provocó una grave crisis educativa y misionera. Los jesuitas dirigían colegios, universidades, reducciones indígenas, observatorios, imprentas y centros de investigación. Su desaparición alteró profundamente la enseñanza católica y privó a muchas misiones de sus principales agentes.

El josefinismo en el Imperio austríaco

Definición y fundamentos

El josefinismo fue la política eclesiástica desarrollada principalmente durante el reinado de José II de Austria, entre 1780 y 1790. El emperador entendía la Iglesia como una institución pública integrada en la estructura del Estado. Sus ministros y juristas defendían que el soberano poseía amplios derechos sobre los asuntos eclesiásticos, conocidos como jura circa sacra.

El jurista Karl Anton von Martini y otros defensores del jurisdiccionalismo afirmaban que el Estado podía intervenir en la legislación canónica cuando una norma afectaba al bien público. El príncipe asumía así competencias que tradicionalmente correspondían a los obispos o a la Santa Sede. José II convirtió estas ideas en principios de gobierno y trató las instituciones eclesiásticas como departamentos de la administración imperial.8

Reformas de José II

José II promulgó en 1781 un Edicto de Tolerancia que concedió a luteranos y calvinistas el ejercicio privado de su religión y determinados derechos civiles. La medida amplió la tolerancia religiosa dentro del Imperio, aunque no estableció una igualdad completa entre todas las confesiones.8

El emperador suprimió numerosas comunidades religiosas contemplativas y conservó principalmente aquellas dedicadas a la enseñanza, la asistencia sanitaria o la atención pastoral. Cerca de 738 casas religiosas fueron clausuradas. Sus bienes pasaron a un fondo destinado a financiar parroquias, seminarios y otras necesidades eclesiásticas. En la Baja Austria, la administración utilizó parte de esos recursos para crear nuevas parroquias.9

José II reorganizó las diócesis para hacerlas coincidir con las fronteras imperiales, limitó la intervención de obispos extranjeros y sometió la publicación de decretos pontificios a la aprobación imperial mediante el sistema del placet. También restringió la comunicación de los obispos con Roma y prohibió determinadas relaciones de las órdenes religiosas con sus superiores generales establecidos fuera de los dominios austríacos.8

El Gobierno reguló minuciosamente el culto. Las disposiciones fijaban el número de misas, velas y sermones, restringían procesiones y peregrinaciones, limitaban la exposición del Santísimo Sacramento y ordenaban retirar determinados altares, imágenes y ornamentos. El poder civil llegó a intervenir en himnos, letanías, ceremonias funerarias y formas de piedad popular.9

La reforma afectó especialmente a la formación sacerdotal. José II cerró seminarios episcopales y monásticos y creó seminarios generales bajo control estatal en Viena, Budapest, Pavía y Lovaina, además de centros dependientes en diversas ciudades. El objetivo consistía en formar clérigos instruidos, pero también fieles a la política religiosa imperial.9

Conflicto con Pío VI

Pío VI intentó frenar el josefinismo mediante protestas diplomáticas y con su viaje a Viena en 1782. El papa defendía la jurisdicción de los obispos, la autoridad de Roma y la autonomía de las órdenes religiosas. José II, por su parte, mantuvo la convicción de que el Estado podía reorganizar unilateralmente la Iglesia en sus territorios.

La resistencia popular, episcopal y política obligó finalmente al emperador a retirar gran parte de sus decretos antes de morir en 1790. Conservó el Edicto de Tolerancia y algunas medidas sociales, pero su programa eclesiástico perdió fuerza durante el reinado de Leopoldo II.10

El josefinismo dejó una herencia ambivalente. Impulsó nuevas parroquias, reorganizó la administración y fomentó ciertos aspectos de la educación; pero también redujo la autonomía de los obispos, debilitó la vida monástica y sometió el culto a una regulación civil excesiva.

La Iglesia en Francia

Francia vivió una crisis religiosa progresiva durante el siglo XVIII. El galicanismo defendía ciertos derechos de la Iglesia francesa frente a Roma, mientras la monarquía intervenía en los asuntos eclesiásticos y los parlamentos asumían competencias religiosas.

La corona impulsó reformas de las órdenes religiosas sin contar siempre con la aprobación pontificia. En 1770 desaparecieron las congregaciones de Grandmont y de los benedictinos exentos; los celestinos y los camaldulenses también sufrieron la secularización de sus comunidades. Los premonstratenses, trinitarios y mínimos recibieron amenazas semejantes.3

El descrédito de ciertas instituciones eclesiásticas, unido a la propaganda anticlerical, preparó el terreno para las medidas revolucionarias. La Revolución no inventó desde cero la supremacía estatal sobre la Iglesia: heredó tendencias centralizadoras que ya habían aparecido durante el absolutismo y el galicanismo.5

La Constitución civil del clero, aprobada en 1790, convirtió a los sacerdotes en funcionarios públicos, reorganizó las diócesis conforme a los departamentos y exigió un juramento de fidelidad a la nación. Los sacerdotes que aceptaron el juramento recibieron el nombre de juramentados; quienes lo rechazaron fueron llamados refractarios. La división provocó una profunda fractura religiosa y política.

La Iglesia en los territorios alemanes

Los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico presentaban una gran diversidad confesional y política. Príncipes católicos, luteranos y calvinistas gobernaban Estados con amplias competencias religiosas. En los territorios católicos, numerosos gobernantes pretendieron limitar la jurisdicción de Roma y someter los monasterios a la administración estatal.

El febronianismo, asociado a la obra de Justinus Febronius, defendía una concepción conciliarista y episcopal de la Iglesia. Sus partidarios reclamaban mayor autoridad para los obispos y menor dependencia respecto del papa. Algunas cortes alemanas acogieron estas ideas y propusieron reformas que habrían convertido a la Iglesia en una institución mucho más dependiente del príncipe.3

A pesar de estas tensiones, el catolicismo alemán produjo una intensa actividad intelectual. Historiadores, canonistas y teólogos estudiaron las fuentes antiguas, la liturgia, la historia de las diócesis y la disciplina de los monasterios. La investigación histórica católica alcanzó una notable madurez en Italia y en los países germánicos durante este periodo.11

La Iglesia en Italia

Los Estados italianos permanecieron estrechamente relacionados con la Santa Sede, aunque varios soberanos aplicaron políticas regalistas. El reino de Nápoles, el ducado de Toscana y otros territorios impulsaron reformas administrativas, limitaciones a las órdenes religiosas y controles sobre los bienes eclesiásticos.

Italia destacó por su producción teológica e histórica. Ludovico Antonio Muratori estudió la historia y la liturgia medievales con espíritu crítico; los cardenales Noris, Bona y Pallavicini, el arzobispo Mansi, Ughelli, Bianchini, los hermanos Ballerini y otros eruditos cultivaron la arqueología cristiana, la historia de los concilios, la diplomática y la crítica documental.11

La historiografía eclesiástica italiana alcanzó una amplitud extraordinaria. Giuseppe Agostino Orsi elaboró una extensa historia de la Iglesia, mientras Hyacinthe Graveson compuso una obra en doce volúmenes que Mansi continuó hasta 1760. En España, Enrique Flórez inició la monumental España sagrada, que había llegado al vigésimo noveno volumen cuando murió en 1773.11

La Iglesia en España y Portugal

La Iglesia española mantuvo una presencia decisiva en la educación, la asistencia social, la predicación y la organización de los territorios americanos. Sin embargo, los ministros borbónicos reforzaron el regalismo y procuraron someter la actividad eclesiástica a la autoridad real.

La expulsión de los jesuitas en 1767 afectó profundamente a colegios, universidades y misiones. El Gobierno justificó la medida por razones políticas y de seguridad, pero sus consecuencias alcanzaron a la formación intelectual y pastoral de varias generaciones.

En Portugal, el marqués de Pombal aplicó una política aún más centralizadora. La expulsión de los jesuitas y la reforma de la enseñanza respondieron al propósito de construir un sistema educativo dependiente de la Corona. El resultado fue una reducción de la influencia directa de las órdenes religiosas en la cultura y en la misión.

Misiones y expansión del catolicismo

La actividad misionera continuó durante el siglo XVIII en Asia, África y América. Los seminarios y sociedades misioneras creados en Francia prepararon sacerdotes para las misiones orientales. La Sociedad de las Misiones Extranjeras de París, cuya constitución recibió aprobación en 1700, mantuvo una actividad estable en diversos territorios asiáticos.5

Las misiones americanas afrontaron la creciente intervención de las coronas. En muchos lugares, los misioneros defendieron a las poblaciones indígenas frente a la explotación económica y a la violencia, mientras los gobiernos intentaban integrar las reducciones y doctrinas en sus estructuras administrativas.

La expulsión de la Compañía de Jesús provocó el abandono o la reorganización de numerosas misiones. Las comunidades indígenas perdieron a sus principales educadores y administradores, y las coronas sustituyeron el modelo jesuita por estructuras bajo control directo de funcionarios civiles y clérigos de otras órdenes.

Vida religiosa, pastoral y cultura católica

La piedad católica del siglo XVIII combinó devociones heredadas del Barroco con nuevos esfuerzos de sobriedad, formación y disciplina. El culto eucarístico, el Rosario, las peregrinaciones, las cofradías y las fiestas patronales mantuvieron una gran vitalidad popular, aunque algunos gobiernos ilustrados intentaron limitar sus manifestaciones públicas.

Las órdenes religiosas continuaron trabajando en la educación, la predicación, la asistencia a los enfermos y la atención de los pobres. Al mismo tiempo, muchos reformadores denunciaron abusos económicos, relajación disciplinar y la existencia de comunidades sin una función pastoral clara. La supresión josefinista de numerosos monasterios respondió parcialmente a estas críticas, aunque aplicó criterios administrativos que no respetaban siempre la autonomía propia de la vida consagrada.

La educación constituyó uno de los principales campos de renovación. Reformadores católicos como Feijoo, Verney y otros autores reclamaron métodos pedagógicos más rigurosos, mayor atención a las ciencias y una formación clerical menos repetitiva. El catolicismo ilustrado pretendía formar cristianos capaces de razonar, no únicamente de memorizar fórmulas.

La Revolución francesa y la Iglesia

La Revolución francesa modificó radicalmente la relación entre religión y poder político. En 1789, la Asamblea Nacional confiscó bienes eclesiásticos y convirtió los bienes de la Iglesia en bienes nacionales. En 1790, la Constitución civil del clero subordinó la organización eclesiástica al Estado.

La persecución alcanzó diversas fases: juramentos obligatorios, deportaciones, encarcelamientos, cierres de iglesias, supresión de órdenes religiosas y campañas de descristianización. Muchos sacerdotes y laicos mantuvieron la práctica religiosa clandestina, especialmente en zonas rurales.

La Revolución también produjo mártires y testimonios de fidelidad. Religiosos, sacerdotes y laicos afrontaron la prisión, el exilio y la muerte por rechazar la ruptura con Roma. La persecución alteró profundamente la vida eclesial francesa, pero no consiguió eliminar el catolicismo.

Balance histórico

El siglo XVIII no fue simplemente una época de decadencia católica ni una lucha lineal entre la Iglesia y enemigos externos. La Iglesia participó activamente en la cultura ilustrada, promovió la investigación histórica, reformó la educación y desarrolló nuevas formas de diálogo entre fe y razón.

Al mismo tiempo, el absolutismo católico debilitó la autonomía de las instituciones eclesiales. Las monarquías que habían protegido y financiado a la Iglesia intentaron convertirla en un instrumento administrativo del Estado. El josefinismo llevó esta tendencia a una de sus expresiones más completas, pero el regalismo, el galicanismo y el febronianismo compartieron parte de su lógica.

La supresión de la Compañía de Jesús, la secularización de monasterios, la intervención estatal en la liturgia y la Constitución civil del clero mostraron los límites de la alianza entre el Trono y el Altar. Cuando el Estado reclamó un poder casi absoluto sobre la Iglesia, la cooperación tradicional dio paso al conflicto.

El siglo terminó con la Revolución francesa, la invasión de los Estados Pontificios y el debilitamiento político del papado. Sin embargo, también dejó una Iglesia más consciente de la necesidad de distinguir la misión espiritual de la administración estatal, de renovar la formación intelectual y de responder a la modernidad desde una comprensión más profunda de la revelación, la historia y la razón.

Citas y referencias

  1. Russell Hittinger. Dos modernismos, dos tomismos: Reflexiones sobre el centenario de la carta de Pío X contra los modernistas, 7 (2007). 2 3 4
  2. John Rziha, Steven Long, et al. Reseñas (Nova et Vetera, Vol. 10, No. 3), 8 (2012).
  3. Papa Clemente XIV. Enciclopedia Católica, Papa Clemente XIV (1913). 2 3 4
  4. Capítulo 3: Rendir cuentas de la verdad de Dios - 1. La verdad de Dios y la racionalidad de la teología, Comisión Teológica Internacional. Teología Hoy: Perspectivas, Principios y Criterios, 70 (2011). 2
  5. Francia. Enciclopedia Católica, Francia (1913). 2 3
  6. John Rziha, Steven Long, et al. Reseñas (Nova et Vetera, Vol. 10, No. 3), 7 (2012).
  7. Mujeres, ilustración y catolicismo: Una historia biográfica transnacional, editado por Ulrich Lehner (Londres: Routledge, 2018), xi + 248 p., Michael D. Torre, Ulrich Lehner, et al. Reseñas (Nova et Vetera, Vol. 18, No. 3), 5 (2020).
  8. José II. Enciclopedia Católica, José II (1913). 2 3
  9. La Monarquía Austrohúngara. Enciclopedia Católica, La Monarquía Austrohúngara (1913). 2 3
  10. Hungría. Enciclopedia Católica, Hungría (1913).
  11. Historia eclesiástica. Enciclopedia Católica, Historia eclesiástica (1913). 2 3
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