Clemente XI y la controversia jansenista
El pontificado de Clemente XI estuvo dominado por la controversia jansenista, especialmente en Francia. La bula Unigenitus Dei Filius, promulgada en 1713, condenó proposiciones atribuidas a Pasquier Quesnel y vinculadas a una concepción rigorista de la gracia, la libertad humana y la vida sacramental.
El jansenismo francés no constituyó únicamente una disputa teológica. También estuvo relacionado con las reivindicaciones del galicanismo parlamentario, que defendía una autonomía considerable de la Iglesia francesa respecto de Roma. La controversia afectó a obispos, sacerdotes, universidades, tribunales y comunidades religiosas, y contribuyó a debilitar la unidad disciplinar del catolicismo francés.
La disputa sobre la frecuencia de la comunión, la autoridad pontificia y la relación entre gracia y libertad adquirió una fuerte dimensión pastoral. La polémica enfrentó, de forma simplificada, a partidarios de una espiritualidad rigorista y a defensores de la teología moral jesuita. Sin embargo, la oposición entre jansenismo y jesuitismo no explica por sí sola toda la complejidad intelectual del catolicismo ilustrado. Algunos jesuitas participaron activamente en la renovación de la historia eclesiástica, las ciencias, las artes y la educación.
Benedicto XIV y la renovación católica
El pontificado de Benedicto XIV, entre 1740 y 1758, representó uno de los momentos más fecundos de la Iglesia del siglo XVIII. Próspero Lambertini, arzobispo de Bolonia antes de su elección, destacó por su formación jurídica, su moderación y su capacidad para dialogar con los gobiernos y con los ambientes intelectuales.
Benedicto XIV impulsó una política de conciliación con las monarquías, promovió la disciplina clerical y favoreció la claridad en cuestiones litúrgicas, canónicas y misioneras. Su pontificado mostró que la Iglesia podía responder a los desafíos modernos no solo mediante la condena, sino también mediante la reforma interna, la investigación histórica y la negociación diplomática.
En España, su pontificado coincidió con la consolidación del Patronato Real Universal. El concordato de 1753 extendió ampliamente las facultades de patronato de la Corona, que ya contaba con importantes derechos sobre la Iglesia de Granada y sobre las Iglesias de América. El acuerdo concedió al monarca una influencia excepcional en el nombramiento de cargos y en la organización eclesiástica.
Clemente XIII y Clemente XIV
Clemente XIII, elegido en 1758, defendió con firmeza la autoridad pontificia y la continuidad de la Compañía de Jesús. Durante su pontificado aumentaron las presiones de las monarquías borbónicas contra los jesuitas. Francia, Portugal y España consideraban a la Compañía una institución demasiado vinculada a Roma y poco sometida a los proyectos centralizadores de las coronas.
Clemente XIV, elegido en 1769, heredó una situación diplomática extremadamente difícil. Francia había iniciado reformas forzosas de las órdenes religiosas y había suprimido algunas congregaciones sin autorización pontificia. En varios territorios alemanes, los príncipes contemplaban los bienes monásticos como recursos disponibles para las finanzas públicas.
Ante la amenaza de un cisma promovido por las monarquías, Clemente XIV promulgó en 1773 el breve Dominus ac Redemptor, que suprimió la Compañía de Jesús. La decisión constituyó uno de los acontecimientos más dolorosos del siglo para numerosos católicos. Prusia y Rusia no aplicaron inmediatamente la supresión en sus territorios, y allí algunos jesuitas conservaron su vida comunitaria y educativa.
Pío VI y la crisis del final del siglo
Pío VI, elegido en 1775, afrontó el avance del absolutismo ilustrado, las doctrinas eclesiológicas antirromanas y la Revolución francesa. El viaje del papa a Viena en 1782 pretendió frenar la política eclesiástica de José II, pero no modificó sustancialmente el programa josefinista. La visita simbolizó la gravedad del conflicto entre la autoridad pontificia y un Estado católico que pretendía organizar unilateralmente la vida de la Iglesia.
La Revolución francesa agravó la situación. La Asamblea Constituyente aprobó la Constitución civil del clero en 1790, que reorganizó las diócesis, sometió a los sacerdotes a un juramento civil y rompió la comunión de numerosos clérigos con Roma. Pío VI condenó las medidas revolucionarias, mientras la persecución afectaba a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.