Al comienzo del siglo XX, la Iglesia católica se enfrentaba a las tensiones del mundo industrializado y las ideas racionalistas. El papa León XIII, cuyo pontificado se extendió hasta 1903, había sentado las bases con su encíclica Rerum novarum (1891), que defendía los derechos de los trabajadores y condenaba tanto el capitalismo salvaje como el socialismo ateo. Sin embargo, el nuevo siglo trajo el desafío del modernismo, un movimiento intelectual que buscaba reconciliar la fe con la crítica bíblica y la filosofía contemporánea, pero que fue visto como una herejía por la jerarquía eclesial.
El papa Pío X (1903-1914) respondió con firmeza en la encíclica Pascendi dominici gregis (1907), condenando el modernismo como una síntesis de todas las herejías y exigiendo la vigilancia doctrinal. Se crearon diócesis de vigilancia y se reformó la educación seminarística para fortalecer la formación teológica. Este período también vio el crecimiento de movimientos laicales, como la Acción Católica, promovida para involucrar a los fieles en la vida social sin comprometer la separación Iglesia-Estado en naciones secularizadas como Francia, donde la ley de separación de 1905 generó tensiones.
En el ámbito misionero, la Iglesia expandió su presencia en Asia y África, aunque limitada por el colonialismo europeo. La beatificación de figuras como Teresa de Lisieux (1925, pero su influencia desde principios de siglo) impulsó la espiritualidad del «pequeño camino», accesible a todos los fieles.
