La Encarnación
En la Encarnación, el Hijo eterno de Dios asume la naturaleza humana en el seno virginal de María. El acontecimiento anuncia que Dios entra personalmente en la historia.
Jesús no es únicamente un mensajero de la salvación: es la salvación misma, porque en Él Dios visita y reconcilia a la humanidad. Su humanidad pertenece realmente a la historia: nace en un lugar y un tiempo determinados, vive bajo la autoridad de instituciones concretas y entra en relación con personas reales.
La Encarnación manifiesta la dignidad del tiempo y de la materia. Dios no salva al hombre apartándolo de su condición histórica, sino entrando en ella.
La vida pública
Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios, llama a la conversión, perdona los pecados, cura a los enfermos y acoge a los pecadores. Sus milagros son signos del Reino y anticipan la victoria definitiva sobre el mal.
La elección de los Doce expresa la continuidad con las doce tribus de Israel y anuncia la formación del nuevo pueblo de Dios. Jesús reúne a sus discípulos, les enseña y los prepara para continuar su misión.
Toda la vida de Cristo posee valor salvífico. Sus palabras revelan al Padre; sus obras hacen presente la misericordia; su obediencia repara la desobediencia humana.
La cruz
La muerte de Cristo en la cruz constituye el sacrificio redentor. Jesús entrega libremente su vida por amor al Padre y por la salvación de los hombres. La cruz revela simultáneamente la gravedad del pecado y la grandeza de la misericordia.
Cristo es el Cordero pascual, el Siervo obediente y el nuevo Adán. Allí donde el primer hombre desobedeció, Cristo obedece; allí donde el pecado introdujo la muerte, Cristo ofrece su vida y abre el camino a la resurrección.
La redención posee carácter único y definitivo. Cristo realiza la obra salvadora de una vez para siempre, aunque sus frutos alcanzan progresivamente a las personas y a los pueblos a través de la misión de la Iglesia y de la acción del Espíritu Santo.
La resurrección
La resurrección corporal de Jesús es el acontecimiento central de la fe cristiana. El Padre glorifica al Hijo y manifiesta que la muerte, el pecado y el poder del mal no tienen la última palabra.
La resurrección no constituye una simple reanimación de la vida terrena. Cristo entra en una condición gloriosa y se convierte en principio de la resurrección futura de quienes creen en Él.
La Pascua inaugura la nueva creación. Desde entonces, la historia vive bajo la luz de una victoria ya realizada, aunque todavía no consumada plenamente en el mundo.
La ascensión y el señorío de Cristo
La ascensión no significa una ausencia espacial de Cristo, sino su entrada en la gloria del Padre. El Resucitado ejerce como Señor de la historia y permanece presente en la Iglesia, en la liturgia, en la Palabra y en los sacramentos.
Cristo orienta el tiempo hacia su consumación. La historia encuentra en Él su centro, su sentido y su destino.