La historia del Papado comienza con San Pedro, a quien Jesús confió un papel único entre los apóstoles1. La Iglesia Católica cree que Pedro fue el primer obispo de Roma y que sus sucesores en esa sede heredan su primacía2. Esta sucesión ininterrumpida desde Pedro es un pilar fundamental de la continuidad del Papado1,3.
Desde los primeros días de la Iglesia, la sede romana ha afirmado su liderazgo supremo, y esta primacía fue reconocida por la Iglesia universal2. Un ejemplo temprano de esta autoridad se encuentra en la Epístola a los Corintios de San Clemente, el cuarto Papa, escrita alrededor del año 95 o 96 d.C. En ella, Clemente interviene en los asuntos de otra Iglesia, instándolos a readmitir a los obispos que habían sido expulsados y afirmando que su decisión estaba inspirada por el Espíritu Santo2. Este acto de intervención, incluso antes de la muerte del último apóstol, es visto como un testimonio de la autoridad papal desde los inicios del cristianismo2.
Aunque la forma de ejercer esta autoridad ha evolucionado con el tiempo, la esencia de la primacía romana se mantuvo constante. En los primeros siglos, la intervención papal era menos frecuente, ya que la tradición apostólica estaba aún fresca en toda la cristiandad. Sin embargo, cuando la fe se veía amenazada o el bienestar de las almas lo requería, Roma intervenía2.
