El monacato cristiano tuvo su cuna en el desierto egipcio a principios del siglo IV1. No se menciona en las Escrituras, pero comenzó a desarrollarse temprano en la historia de la Iglesia2. Este movimiento surgió de un deseo de los cristianos de una vida más reclusiva o eremítica, buscando la renovación espiritual y un retorno a Dios, en el espíritu de la «Teología del Desierto»2.
Monacato Eremítico: San Antonio Abad
San Antonio Abad (c. 270-356) es considerado el padre de todos los monjes1. Alrededor del año 285, San Antonio, insatisfecho con la vida ascética común, se retiró al desierto. Hacia el año 305, organizó una forma de vida monástica para sus discípulos1. La publicación de su biografía, la «Vita Antonii», años más tarde y su traducción al latín, difundió ampliamente el conocimiento del monacato egipcio, inspirando a muchos en Italia a seguir su ejemplo3. Los primeros monjes eremitas vivían en chozas separadas, proveyendo sus necesidades con sus propias manos, y se reunían para el culto divino los sábados y domingos4. La castidad era una característica esencial desde el principio del monacato5.
Monacato Cenobítico: San Pacomio
El monacato cenobítico, o vida en comunidad (del griego koinos bios, «vida común»), surgió en Egipto un poco después de la forma eremítica4. Alrededor del año 318, San Pacomio fundó su primer monasterio en Tabennisi, cerca de Denderah2,4. Esta institución se extendió rápidamente. En este modelo, las comidas, el trabajo y la oración se realizaban en común, y los monjes estaban bajo el control de un superior que autorizaba sus austeridades4.
