La palabra historicidad designa la pertenencia de un acontecimiento al ámbito de la historia: un hecho ocurrido en un tiempo y lugar concretos, relacionado con personas identificables y susceptible de conocimiento mediante testimonios y huellas históricas.
Aplicada a la resurrección de Cristo, la expresión requiere una precisión fundamental. La resurrección posee una dimensión histórica porque ocurrió después de la muerte de Jesús, fue anunciada desde los primeros días por testigos concretos y transformó públicamente la vida de la comunidad apostólica. Sin embargo, también posee una dimensión sobrenatural: el cuerpo de Cristo no volvió simplemente a la existencia terrena anterior, como ocurrió con Lázaro, sino que entró en una condición gloriosa e inmortal.1
La Iglesia, por tanto, no presenta la resurrección como un fenómeno ordinario que la ciencia pudiera reproducir o someter íntegramente a sus métodos experimentales. La presenta como una intervención divina real dentro de la historia, cuyo significado último sólo puede comprenderse plenamente mediante la fe.

