La homilética no nace en el vacío: la Iglesia desarrolló prácticas, estilos y criterios de predicación a lo largo de los siglos.
La predicación patrística: novedad cristiana y centralidad de la Palabra
La predicación cristiana antigua presenta una novedad vinculada a la objetividad del mensaje evangélico: el predicador cristiano no aparece como un filósofo o filántropo que ofrece un sistema, sino como quien ejerce un ministerio al dispensar misterios de Dios; además, testifica hechos históricos: la encarnación del Hijo, su muerte y su resurrección.
La predicación patrística adquiere también un perfil eclesial bien definido. Una visión histórica de la predicación de los primeros siglos identifica a los autores y a los grandes protagonistas (por ejemplo, Justino como referencia inicial de homilía en el marco eucarístico) y estudia la actividad homilética de los Padres durante los ocho primeros siglos.
La homilética patrística muestra además una conciencia marcada de que la Palabra de Dios ocupa el centro: los Padres entienden su tarea como servicio a la Palabra, tanto en el momento de proclamarla como en el de explicitarla.
Dentro de esa panorámica destacan dos figuras: Juan Crisóstomo y Agustín, considerados decisivos para comprender la historia de la predicación patrística.
Organización temática y estudio de la práctica
La investigación sobre la homilética antigua muestra que los Padres trabajaron cuestiones como la terminología, la clasificación de los sermones, el carácter litúrgico de la predicación, el oficio de predicar en la Iglesia, la preparación y la improvisación, y también aspectos de tiempo, lugar, duración, atención de los oyentes y transmisión textual.
Modelos medievales y renovación en la época moderna
En la historia, la predicación conoce altibajos. En la alta Edad Media, la predicación decae: las colecciones de textos de los Padres (homilarios) sostienen la influencia patrística, pero el sermón se separa progresivamente de la liturgia y termina insertándose en géneros oratorios de carácter más amplio que la homilía bíblico-litúrgica. La historia de la liturgia acompaña esos cambios hasta el tiempo del Concilio Vaticano II.
La renovación litúrgica del siglo XX recupera el sentido original de la homilía mediante la atención al significado y a la práctica de la tradición, y también gracias a la renovación bíblica y patrística.
La homilética en el Concilio Vaticano II y después
El Concilio Vaticano II sitúa la homilía como parte viva de la celebración. El movimiento litúrgico redescubre el valor litúrgico de la predicación en luz de los Padres, y algunas reflexiones subrayan la homilía como actualización suprema de la predicación cristiana dentro de la acción litúrgica.
Tras el Concilio, la situación pastoral resulta problemática en muchos lugares: disminuye la importancia del sermón dominical, otras veces el sermón se alarga y ocupa todo el tiempo de la Misa o se pronuncia después; en ocasiones falta inspiración litúrgica y el sermón se percibe como mera explicación del Evangelio o trata temas ajenos a la celebración.
Frente a ese riesgo, la homilética propone recuperar el vínculo interno entre lecturas, oraciones y misterio eucarístico, para que la homilía cumpla su función de conducir a la participación activa.