La homilía se distingue de otras formas de predicación por su naturaleza litúrgica1. No es un sermón sobre un tema abstracto, ni un ejercicio puramente exegético de la Biblia, ni una instrucción catequética completa, ni un testimonio personal del predicador1. Más bien, es una proclamación que se sitúa dentro del marco de la celebración litúrgica, especialmente en la Misa1,2.
El propósito fundamental de la homilía es hacer que la Palabra de Dios, proclamada en las lecturas, y la liturgia de la Eucaristía, se unan para anunciar las «maravillosas obras de Dios en la historia de la salvación, el misterio de Cristo»3. A través de las lecturas y la homilía, se proclama el Misterio Pascual de Cristo, y a través del sacrificio de la Misa, este misterio se hace presente3. La homilía debe conducir siempre a la comunidad de fieles a celebrar la Eucaristía de manera activa, de modo que «mantengan en sus vidas lo que han captado por la fe»4,3.
El Papa Francisco ha señalado que la homilía retoma el diálogo que el Señor ya ha establecido con su pueblo para que este encuentre su cumplimiento en la vida5. La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa, y la Palabra del Señor concluye su viaje encarnándose en nosotros, traduciéndose en obras5.
La Homilía como Acto de Culto
Debido a que la homilía es una parte integral de la liturgia, no es solo una instrucción, sino también un acto de culto2. Los Padres de la Iglesia, en sus homilías, a menudo concluían con una doxología y la palabra «Amén», entendiendo que el propósito de la homilía era tanto santificar al pueblo como glorificar a Dios2.
