La devoción tiene su origen en las experiencias espirituales que sor Faustina Kowalska, religiosa polaca de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, anotó en su diario. En una entrada fechada en octubre de 1937, atribuyó a Jesús la petición de honrar la hora de su muerte, sumergirse en la misericordia divina y pedirla para todo el mundo, particularmente para los pecadores. La hora remite a la Pasión y muerte de Cristo, entendidas como el momento en que Dios manifiesta su misericordia eminentemente.1
La práctica se sitúa dentro de la espiritualidad de la Divina Misericordia, que invita a confiar en Dios y a vivir la misericordia con el prójimo mediante obras, palabras y oración. No consiste solo en recordar una hora concreta: su sentido incluye una disposición cotidiana de confianza cristiana y caridad activa.1
La devoción a la Divina Misericordia, basada en los escritos de Faustina, pone el acento en la misericordia que brota de la muerte y resurrección de Cristo. La Iglesia propone comprenderla a la luz de la liturgia pascual, cuyo centro es el misterio de Cristo muerto y resucitado.2
