Los orígenes de los hospicios eclesiásticos se remontan a los primeros siglos del cristianismo, incluso hasta el reinado del emperador Constantino1. Inicialmente, estas instituciones eran de carácter general y estaban bajo la supervisión directa de los obispos, quienes designaban sacerdotes para gestionar sus asuntos espirituales y temporales1. Un estatuto del llamado Cuarto Concilio de Cartago, alrededor del año 436, ya instaba a los obispos a tener hospicios asociados a sus iglesias1.
Durante el período de declive y corrupción que culminó bajo Carlos Martel, muchos hospitales y hospicios eclesiásticos sufrieron considerablemente2. Sin embargo, Carlomagno, como parte de sus reformas, decretó la restauración de aquellos hospitales que habían funcionado bien y ordenó que se adjuntara un hospital a cada catedral y monasterio2.
Con el tiempo, la naturaleza general de estos hospicios dio paso a establecimientos especializados para necesidades específicas. El término «hospicio» comenzó a aplicarse más específicamente a instituciones que albergaban a viajeros, especialmente en regiones inhóspitas y pasos de montaña1. Estos hospicios, a menudo a cargo de ermitaños o monjes, aumentaron significativamente con la costumbre de realizar peregrinaciones a Tierra Santa, Roma, Compostela y otros lugares sagrados1. Ofrecían comida y alojamiento gratuito por un tiempo limitado, sostenidos por fundaciones piadosas o la generosidad de la gente1. Un ejemplo notable es el hospicio del Gran San Bernardo en Suiza, fundado en 962 por San Bernardo de Menthon, que sigue albergando a miles de viajeros anualmente1.
En España, una institución importante para el cuidado de los enfermos fue fundada en 580 por el obispo Masona en Augusta Emerita (Mérida). Este hospital, dotado de grandes ingresos, contaba con médicos y enfermeras y se encargaba de llevar a los enfermos, «esclavos o libres, cristianos o judíos», para proporcionarles cama y alimento adecuado2.

