La preocupación de la Iglesia por los enfermos se remonta a los primeros siglos del cristianismo, siguiendo el ejemplo de Cristo, a quien la tradición denomina el «Divino Médico»1,2. Jesús no solo predicó el Reino de Dios, sino que también realizó numerosos milagros de curación, sanando toda clase de enfermedades y dolencias2. Esta misión de sanación se confió a sus discípulos, quienes fueron enviados a proclamar el Evangelio y curar a los enfermos1.
Desde la antigüedad pagana, ya existían algunas instituciones para el cuidado de los enfermos, como el «Broin Bearg» en Irlanda (300 a.C.) o los establecimientos del rey budista Ashoka en India (252 a.C.)3. Sin embargo, fue bajo la influencia del cristianismo donde el concepto de hospital se desarrolló plenamente, pasando de ser un lugar de acogida para extraños a una institución dedicada específicamente al cuidado de los enfermos3.
En el Imperio Romano, los xenodochia (casas de huéspedes) cristianos ofrecían refugio a los pobres, ancianos y enfermos. Papas como Vigilio (537-555) y Pelagio II (578-590) transformaron sus residencias en refugios, y Esteban II (752-757) restauró y fundó varios xenodochia3. En Francia, se establecieron hospitales desde el siglo VI por reyes y reinas piadosos, como el fundado por Clodoveo I y su esposa en Lyon, o el Hôtel-Dieu de París, cuya primera mención data del 8293.
Durante la Edad Media, Carlomagno decretó que se restauraran los hospitales y que cada catedral y monasterio tuviera uno3. Órdenes religiosas y hermandades laicas, como la Hermandad del Espíritu Santo fundada por Guido en Montpellier en el siglo XII, se dedicaron al cuidado de los enfermos, estableciendo una vasta red de hospitales en Europa bajo la protección de papas como Inocencio III4,5. En América, los hospitales católicos también tuvieron un desarrollo significativo; en Canadá, el Hôtel-Dieu de Quebec fue fundado en 1639 y el de Montreal en 16443.
