Pablo VI sitúa el problema en el cambio social del siglo XX: el aumento rápido de la población, las dificultades económicas y educativas para sostener familias numerosas, una comprensión renovada de la dignidad de la mujer y el valor del amor conyugal, y, sobre todo, el progreso humano en el dominio técnico de la naturaleza, extendido incluso a las leyes que regulan la transmisión de la vida. Ese panorama «suscita nuevas preguntas» morales, ligadas a la vida y la felicidad de las personas.5,1
La encíclica encuadra esas preguntas dentro del alcance propio de la Iglesia: la enseñanza moral cristiana debe iluminar el modo correcto de actuar respecto a la procreación, considerando la persona humana «entera» y no únicamente dimensiones biológicas, psicológicas o demográficas.1


