La palabra humildad proviene del latín humilitas, que a su vez se deriva de humus, que significa «tierra»1,2. Esta etimología sugiere una conexión con la «bajeza» o la cercanía a la tierra, lo que implica una estimación modesta del propio valor y una disposición a la sumisión2. Sin embargo, la humildad en un sentido ético superior no es una auto-degradación, sino un reconocimiento de la propia realidad1,2. Es la virtud que nos asienta, permitiéndonos transitar con éxito las vicisitudes de la vida al aceptar nuestras limitaciones y renunciar a la necesidad de sobrevalorarnos o infravalorarnos a nosotros mismos o a los demás1.
En el contexto cristiano, la humildad es una virtud cardinal que se basa en la creación del ser humano a imagen y semejanza de Dios1. Implica un deseo innato de buscar y respetar los bienes fundamentales de la existencia humana, como la vida, la verdad, la belleza, el amor y la amistad1. La persona humilde se acerca a Dios en oración preguntando: «¿Señor, qué quieres que haga? ¿Qué me pides?»1. Esto demuestra un elemento tanto objetivo como subjetivo de la humildad: objetivamente, se rige por metas humanas esenciales para el florecimiento; subjetivamente, se presenta total y honestamente ante el Señor, quien busca sacar más bondad y amor de nuestro interior1.

