Primera fase: León III y Constantino V
La primera fase de la crisis se desarrolló durante los reinados de los emperadores León III y Constantino V. En 726, León III ordenó retirar una imagen de Cristo situada sobre una puerta del palacio imperial de Constantinopla. La decisión dio paso a medidas oficiales contra las imágenes y su veneración, así como a actos de violencia contra iconos y contra quienes los defendían.
La política iconoclasta cobró especial dureza bajo Constantino V. En 754, el emperador convocó un concilio en Hieria que respaldó la prohibición de las imágenes. Las persecuciones afectaron a sus defensores y llegaron a incluir la destrucción de reliquias. Entre quienes defendieron la veneración de los iconos sobresalieron san Germán de Constantinopla, Jorge de Chipre y san Juan Damasceno.,
En Occidente, el papa Gregorio III reaccionó en 731 contra los opositores a los iconos y su culto. La controversia, por tanto, no quedó reducida a una discusión artística dentro de Constantinopla: también afectó a las relaciones entre Roma, el poder imperial y las autoridades eclesiásticas de Oriente.
El argumento cristológico
Los iconoclastas planteaban una dificultad cristológica: si Cristo es una sola persona con naturaleza divina y humana, ¿qué parte de él representa una imagen? Para ellos, representar su humanidad podía separar esa humanidad de su divinidad; representar su divinidad resultaba imposible. Esta preocupación vinculaba el debate sobre las imágenes con la doctrina acerca de quién es Cristo.
San Juan Damasceno y otros defensores de los iconos respondieron que la imagen representa a Cristo en su humanidad visible, no la divinidad invisible e incomprensible. La representación, por tanto, no divide las dos naturalezas de Cristo: da testimonio de que el Hijo de Dios asumió verdaderamente la naturaleza humana. El fundamento teológico de los iconos era la encarnación.,
Juan Damasceno también rechazó que la veneración convirtiera la materia en objeto de adoración. Su argumento distinguía el soporte material de la persona representada: el honor ofrecido a la imagen alcanza al modelo al que remite.,
El II Concilio de Nicea
La emperatriz Irene, junto con el patriarca Tarasio y con el acuerdo del papa Adriano I, impulsó la celebración del II Concilio de Nicea en 787. El concilio defendió la legitimidad de las imágenes de Cristo, de la Virgen María, de los ángeles y de los santos, y condenó la iconoclasia.,
El concilio distinguió entre adoración, llamada latría y debida solo a Dios, y veneración, que puede dirigirse a las imágenes sagradas. La veneración no atribuye a la imagen un poder divino propio: honra a la persona representada. El concilio expresó esta idea con la fórmula de que el honor tributado a la imagen alcanza a su modelo.,
Nicea II no puso fin inmediato a la disputa. En Occidente, Carlomagno y el sínodo de Fráncfort de 794 rechazaron el carácter ecuménico del concilio, aunque la controversia oriental siguió su propio curso.
Segunda fase y restauración de las imágenes
La lucha se reanudó en Oriente bajo León V, entre 814 y 843. Durante esta segunda fase, los defensores de las imágenes incluyeron a san Teodoro Estudita y al patriarca san Nicéforo.,
En 843, un sínodo convocado durante la regencia de la emperatriz Teodora y el patriarcado de Metodio restableció definitivamente la veneración de los iconos en Constantinopla. La conmemoración de este restablecimiento dio origen a la Fiesta de la Ortodoxia, celebrada en las Iglesias de Oriente el primer domingo de Cuaresma.