Dignidad de toda persona
La identidad de la farmacia católica parte de la convicción de que cada ser humano posee una dignidad propia, que no depende de su salud, edad, autonomía, productividad o utilidad social. La persona merece respeto desde la concepción hasta la muerte natural.
Este principio impide reducir al paciente a un consumidor, a un diagnóstico o a un organismo sobre el que pueden aplicarse procedimientos sin límites. La relación farmacéutica debe reconocer al enfermo como persona y prójimo, con necesidades físicas, psicológicas, morales y espirituales.
Defensa de la vida humana
El farmacéutico católico tiene la responsabilidad de proteger la vida humana y de rechazar cualquier uso de medicamentos orientado directamente contra ella. La farmacia no puede colaborar con prácticas que destruyan deliberadamente la vida o que conviertan la muerte en una supuesta forma de tratamiento.
La defensa de la vida abarca tanto la dispensación como la investigación, la fabricación, la distribución y el asesoramiento sobre medicamentos. Las investigaciones terapéuticas deben respetar las normas éticas fundamentales y buscar el bien de la persona tratada, no únicamente el progreso científico.
Verdad científica y competencia profesional
La identidad católica no sustituye la preparación científica por prácticas devocionales ni permite dispensar medicamentos con criterios improvisados. La Iglesia espera que los farmacéuticos católicos sean profesionales competentes y testigos fieles.
La competencia incluye el conocimiento de la farmacología, los efectos terapéuticos y adversos, las interacciones, las contraindicaciones, la correcta conservación y las condiciones legales de dispensación. También exige formación continua ante el desarrollo de nuevos medicamentos y ante los problemas éticos que plantean determinadas tecnologías sanitarias.
La responsabilidad moral aumenta cuando el farmacéutico conoce que un producto puede producir efectos distintos de los terapéuticos o afectar gravemente a la vida y a la dignidad de una persona. El farmacéutico debe informar con claridad y evitar que el paciente reciba un producto sin comprender sus consecuencias relevantes.
Servicio al enfermo
La farmacia católica concibe la atención farmacéutica como un servicio a la persona enferma. El paciente no recibe únicamente un producto: también puede necesitar explicación, prudencia, acompañamiento y orientación responsable.
Juan Pablo II relacionó la actividad del farmacéutico con la figura evangélica del buen samaritano, que atiende al necesitado como a un hermano y no únicamente en función de una necesidad inmediata.
Este servicio exige:
- Escuchar al paciente con respeto.
- Proteger su intimidad.
- Ofrecer información comprensible.
- Favorecer el uso correcto de los medicamentos.
- Prevenir la automedicación peligrosa.
- Orientar hacia el médico cuando la situación lo requiera.
- Evitar toda discriminación.
- Tratar con especial cuidado a los enfermos vulnerables.
Primacía de la conciencia moral
El farmacéutico católico debe actuar conforme a una conciencia rectamente formada. La conciencia no equivale a una preferencia subjetiva ni a una autorización para decidir arbitrariamente sobre la vida humana. Requiere buscar la verdad moral, conocer la enseñanza de la Iglesia y valorar responsablemente las circunstancias concretas.
La enseñanza eclesial sobre el respeto a la vida y a la dignidad humana posee, para el farmacéutico católico, un carácter fundamental y no puede quedar subordinada a opiniones cambiantes, presiones comerciales o legislaciones permisivas.
Justicia y solidaridad
La farmacia católica también posee una dimensión social. Los medicamentos esenciales deben resultar accesibles a todas las personas, especialmente a quienes carecen de recursos. La solidaridad terapéutica alcanza a los pacientes pobres y a las poblaciones que encuentran grandes dificultades para acceder a la atención sanitaria.
La legítima obtención de beneficios económicos no puede convertirse en el criterio supremo de la actividad farmacéutica. El beneficio debe quedar subordinado al respeto de la ley moral y a la protección de la persona.