Separación entre cuerpo e identidad
La crítica principal recae sobre la separación entre el cuerpo sexuado y la identidad personal. Una teoría que considera irrelevante la diferencia corporal corre el riesgo de presentar la corporeidad como un obstáculo que la voluntad debe superar.
La Iglesia rechaza esa separación porque la identidad humana posee una dimensión recibida. La persona no se fabrica a sí misma desde cero, sino que recibe la existencia, el cuerpo, la filiación y una vocación. El papa Francisco enseña que la identidad humana no consiste en un yo aislado y autorreferencial, sino en una identidad relacional: cada persona recibe su existencia de otros, vive ante Dios y está llamada a entregarse al bien de los demás.
Reducción de la identidad a la voluntad
La libertad constituye un bien esencial, pero no equivale a la capacidad de redefinir cualquier aspecto de la realidad. La tradición católica entiende la libertad como una facultad orientada a la verdad y al bien. Una libertad desligada de la verdad puede convertirse en arbitrariedad y terminar sometida a los deseos cambiantes, a la presión social o a la influencia de poderes culturales y económicos.
La declaración Dignitas infinita afirma que la diferencia sexual pertenece a la obra creadora de Dios, anterior a nuestras decisiones y experiencias. La diferencia entre varón y mujer contiene elementos biológicos que no pueden ignorarse ni disolverse mediante una decisión subjetiva. El reconocimiento de esta diferencia, unido a su aceptación recíproca, permite que la persona descubra mejor su dignidad e identidad.
Consecuencias para la familia
La familia nace de la alianza estable entre un hombre y una mujer y alcanza su forma propia en la relación entre esposo y esposa, abierta a la generación y educación de los hijos. Esta estructura no depende de una convención cultural arbitraria, aunque las formas concretas de vida familiar puedan variar entre pueblos y épocas.
La ideología de género, en sus formulaciones radicales, puede desvincular la maternidad y la paternidad de la diferencia sexual y convertir la filiación en una realidad modular, dependiente principalmente de los deseos de individuos o parejas. Amoris laetitia relaciona esta tendencia con las posibilidades técnicas que separan la procreación de la relación sexual entre un hombre y una mujer.
La Iglesia no desprecia a quienes viven situaciones familiares complejas ni identifica automáticamente toda reivindicación de igualdad con la ideología de género. Su crítica se dirige a los planteamientos que consideran intercambiables o irrelevantes las figuras de padre y madre y que presentan la familia fundada en la diferencia sexual como una estructura meramente opcional.
Educación de niños y adolescentes
La educación sexual debe integrar el cuerpo, la afectividad, la libertad, la responsabilidad y la vocación al amor. Una educación adecuada ayuda a los niños y adolescentes a comprender su cuerpo, respetar el cuerpo ajeno, reconocer la diferencia sexual, superar los estereotipos injustos y adquirir dominio de sí mismos.
La Iglesia cuestiona los programas educativos que presentan como verdad absoluta la separación entre sexo biológico e identidad personal o que impiden a las familias participar responsablemente en la educación de sus hijos. Amoris laetitia critica que algunas ideologías pretendan dictar de manera incuestionable cómo deben educarse los niños.
Esta crítica no justifica la ignorancia, la burla ni la imposición de modelos rígidos de masculinidad o feminidad. Los padres y educadores deben enseñar que un niño no pierde su dignidad por no ajustarse a determinados gustos, juegos o maneras de expresarse, y que una niña tampoco necesita adoptar rasgos estereotipados para ser plenamente mujer.