La idolatría, del griego eidololatria, denota etimológicamente el culto divino ofrecido a una imagen. Sin embargo, su significado se extiende a cualquier culto divino dado a algo o alguien que no sea el Dios verdadero1. Santo Tomás de Aquino la clasifica como una forma de superstición, un vicio opuesto a la virtud de la religión, que consiste en rendir honor divino a cosas que no son Dios, o a Dios mismo de manera incorrecta1,5. La característica distintiva de la idolatría es su oposición directa al objeto primordial del culto divino: confiere a una criatura la reverencia que solo le corresponde a Dios1.
Este pecado puede manifestarse de diversas maneras:
Adoración de imágenes con poderes divinos: Algunas personas, mediante artes nefandas, crearon imágenes que, por el poder del diablo, producían ciertos efectos, lo que les llevó a creer que estas imágenes contenían algo divino y, en consecuencia, que se les debía culto divino1.
Adoración de criaturas: Otros rendían honores divinos no a las imágenes, sino a las criaturas que representaban. Esto incluye la creencia de que ciertos hombres eran dioses (como Júpiter o Mercurio) o que el mundo entero era un solo Dios1,6.
Divinización de realidades mundanas: La idolatría también se produce cuando se honra y reverencia una criatura en lugar de Dios, como dioses o demonios (por ejemplo, el satanismo), el poder, el placer, la raza, los antepasados, el Estado o el dinero. Jesús mismo afirmó: «No se puede servir a Dios y al dinero»2.
La idolatría es una perversión del sentido religioso innato del ser humano. Un idólatra es aquel que «transfiere su indestructible noción de Dios a cualquier otra cosa que no sea Dios»7. Rechaza el señorío único de Dios y, por lo tanto, es incompatible con la comunión con Él2.
