Orígenes y movimiento hacia Roma
En el siglo XIX, bajo el dominio otomano, los búlgaros ortodoxos buscaban la autonomía frente al Patriarcado de Constantinopla, que había impuesto una política de hellenización a los clérigos griegos. Este contexto favoreció la aparición de un movimiento pro‑católico entre los ortodoxos de Constantinopla, que vio en la unión con Roma una vía para recuperar sus tradiciones nacionales1. En 1861, el delegación encabezada por el arimandita José Sokolsky obtuvo del Papa Pío IX la ordenación como obispo para los católicos búlgaros de rito bizantino1.
Creación de estructuras eclesiásticas
Tras la fundación del movimiento, el Vaticano estableció vicariatos apostólicos en Tesalónica (Macedonia) y Adrianópolis (Tracia) en 1883, manteniendo un administrador arzobispo en Constantinopla1. La Primera Guerra de los Balcanes (1912‑1913) devastó a la comunidad, cuyos supervivientes se refugiaron en el nuevo Reino de Bulgaria. En 1926, la Santa Sede reorganizó la Iglesia creando el Exarcado Apostólico de Sofía, apoyada por el entonces delegado apostólico Angelo Roncalli, futuro Papa Juan XXIII1.
Período comunista y renacimiento
Durante el régimen comunista, la Iglesia sufrió la muerte misteriosa de su obispo en 1951 y la prisión de muchos sacerdotes1. A diferencia de otras Iglesias bizantinas de la región, no fue suprimida oficialmente, aunque operó bajo severas restricciones. Tras la caída del comunismo, la Iglesia recuperó parte de sus bienes y, en 2013, contaba con 20 parroquias, 4 sacerdotes diocesanos, 16 religiosos masculinos y 38 religiosas femeninas, sirviendo a aproximadamente diez mil fieles1.
