Orígenes y primeros intentos de unión
Los primeros contactos entre la Iglesia ortodoxa rusa y la Iglesia de Roma se remontan a los siglos XVI‑XVII, cuando algunos obispos rusos de Lituania y de la «Pequeña Rusia» buscaron restablecer la unidad con el papa. En 1595 se celebró en Roma la profesión de fe de los obispos Ipatij Potij y Kyrylo Terlec’kyj, y el siguiente año, en el Concilio de Brest, varios jerarcas aceptaron la unión con Roma, aunque la reacción ortodoxa provocó una división profunda1.
La Unión de Brest y su repercusión en los territorios rusos
El Concilio de Brest (1596), cuyo texto se recoge en la Bull Magnus Dominus de Clemente VIII, estableció la unión de parte del clero eslavo con la Iglesia católica, garantizando la preservación de su rito bizantino y sus tradiciones litúrgicas2. Sin embargo, la mayor parte del territorio ruso quedó bajo la jurisdicción ortodoxa, y los intentos de unión fueron limitados y a menudo reprimidos.
La situación bajo el Imperio ruso y la URSS
Durante el siglo XIX, el zar Nicolás I suprimió las Iglesias greco‑católicas en los dominios rusos, integrándolas al Patriarcado ortodoxo. En el siglo XX, bajo el régimen soviético, la persecución se intensificó: los clérigos greco‑católicos fueron arrestados, los seminarios cerrados y las comunidades forzadas a la clandestinidad.
La ausencia de jerarquía propia
A diferencia de otras Iglesias católicas orientales, la Iglesia católica bizantina rusa no cuenta con una jerarquía canónica establecida. El Código de Cánones de las Iglesias Orientales la menciona entre los ritos sin una estructura episcopal propia, agrupándola con las Iglesias belarús, albanesas y georgianas que también carecen de jerarquía eclesiástica3.
