Primeras comunidades cristianas
El cristianismo llegó a China en la Antigüedad. La tradición histórica documenta la predicación del Evangelio en el siglo V y la existencia de una iglesia cristiana a comienzos del siglo VII. Durante la dinastía Tang -entre los años 618 y 907- una comunidad cristiana floreció durante aproximadamente dos siglos.1
La primera evangelización católica propiamente dicha adquirió una forma estable en el siglo XIII. El franciscano Juan de Montecorvino desarrolló una misión en el «Reino del Medio» y estableció la sede episcopal de Pekín, entonces conocida en Occidente con otros nombres. Su labor constituye uno de los primeros intentos de organizar una Iglesia local con continuidad jerárquica.1
La caída de la dinastía mongola y la llegada de la dinastía Ming en 1368 provocaron la desaparición de aquellas primeras estructuras cristianas. Una misión enviada en 1371 bajo la dirección del legado apostólico Francisco de Podio no dejó noticias posteriores, y las comunidades cristianas desaparecieron en la inestabilidad política que siguió al cambio dinástico.2
La misión moderna y Matteo Ricci
La evangelización moderna comenzó con mayor solidez a partir de finales del siglo XVI. Los jesuitas, bajo la influencia de Alessandro Valignano, adoptaron una estrategia de diálogo con la cultura china. Entre sus figuras principales destacaron Michele Ruggieri, Matteo Ricci, Johann Adam Schall von Bell y Ferdinand Verbiest. Posteriormente llegaron también dominicos, franciscanos, agustinos y sacerdotes de las Misiones Extranjeras de París.1
Matteo Ricci procuró comprender la lengua, la filosofía y las costumbres chinas. Los misioneros cultivaron la astronomía, las matemáticas y otras ciencias, lo que facilitó el diálogo con los intelectuales y con la corte imperial. La actividad científica no constituía el objetivo último de la misión, pero abrió espacios para presentar la fe cristiana dentro del horizonte cultural chino.1
La actitud respetuosa de los misioneros hacia los valores culturales chinos favoreció numerosas conversiones. Muchos conversos conservaron su identidad cultural y consideraron que el cristianismo no destruía los valores positivos de la tradición china, sino que los iluminaba y elevaba desde la fe en Cristo.1
En 1692, durante el reinado del emperador Kangxi, un decreto imperial permitió la práctica del cristianismo y la predicación de los misioneros. El decreto reconocía que la religión cristiana no infringía las leyes imperiales y autorizaba la conservación de las iglesias.1
Conflicto sobre los ritos chinos
La expansión misionera quedó afectada por la controversia de los llamados ritos chinos. La discusión trataba, entre otras cuestiones, de la interpretación cultural y religiosa de determinados homenajes a los antepasados y de expresiones vinculadas a Confucio. Algunos misioneros consideraban que podían entenderse como prácticas civiles y culturales; otros juzgaban que implicaban elementos religiosos incompatibles con la fe cristiana.
La controversia debilitó la misión y provocó tensiones entre distintas órdenes religiosas y con las autoridades imperiales. La cuestión no consistía simplemente en adaptar formas externas del cristianismo, sino en discernir qué elementos de la cultura podían integrarse legítimamente en la vida cristiana y cuáles suponían una práctica religiosa contraria a la fe.
Persecuciones y expansión en el siglo XIX
Durante la conquista manchú de 1644 la Iglesia sufrió graves dificultades. Johann Adam Schall von Bell fue encarcelado y condenado a muerte, aunque la sentencia no llegó a ejecutarse. Posteriormente, Ferdinand Verbiest recuperó una posición de influencia en la corte y dirigió importantes trabajos astronómicos.2
En el siglo XIX, sacerdotes franceses y chinos conservaron la vida católica en medio de persecuciones. Algunos misioneros murieron mártires, entre ellos san Juan Gabriel Perboyre, sacerdote de la Congregación de la Misión. Los tratados de Tianjin, firmados en 1858 y 1860, incluyeron disposiciones que permitían la predicación de los misioneros y la conversión de ciudadanos chinos al cristianismo.3
La presencia católica aumentó durante la primera mitad del siglo XX. En 1922 Pío XI estableció una delegación apostólica y, en 1924, tuvo lugar en Shanghái el primer Concilio de la Iglesia en China. En 1946 existían 137 circunscripciones eclesiásticas, aunque muchas todavía tenían la condición de vicariatos apostólicos o prefecturas apostólicas. La Santa Sede promovió también la formación de un episcopado autóctono.4
