La expresión «Iglesia doméstica» (Ecclesia domestica) tiene sus raíces en los primeros siglos del cristianismo1,2. Ya San Pablo se refería a las comunidades de creyentes que se reunían en las casas, como la de Aquila y Priscila, como «la Iglesia que está en su casa» (Romanos 16:5; 1 Corintios 16:19; Colosenses 4:15)3,2. Esta tradición de encuentros en los hogares fue crucial para el desarrollo de las primeras comunidades cristianas4,2.
El Concilio Vaticano II recuperó y revitalizó este concepto, llamando a la familia Ecclesia domestica1,5. Este reconocimiento subraya la importancia de la familia como un centro de fe viva y radiante, especialmente en un mundo que a menudo es ajeno u hostil a la fe1.

