La herencia cristiana de la Rus de Kiev
Los pueblos bielorruso y ucraniano recibieron el cristianismo en el ámbito de la tradición bizantina vinculada a la Rus de Kiev. Aunque la separación entre Constantinopla y Roma agravó la división entre Oriente y Occidente, la memoria de la unidad cristiana anterior continuó influyendo en las Iglesias eslavas orientales.
Juan Pablo II presentó el bautismo de san Vladimiro y la cristianización de la Rus de Kiev como una herencia común de los pueblos eslavos orientales, incluidos los bielorrusos y los ucranianos. También recordó que la metrópolis de Kiev mantuvo durante siglos la conciencia de pertenecer a la tradición cristiana oriental y de conservar una relación histórica con Roma.
En 1439, Isidoro, metropolitano de Kiev y de toda la Rus, participó en el Concilio de Florencia y suscribió el decreto de unión entre las Iglesias griega y latina. Aquella unión no consiguió perdurar institucionalmente, pero formó parte de la memoria teológica y eclesial que precedió a Brest.
La Unión de Brest de 1595-1596
La Unión de Brest fue un acuerdo eclesial por el que una parte de la jerarquía rutena de la metrópolis de Kiev restableció la comunión con la Iglesia de Roma en 1595-1596. La iniciativa surgió en el contexto de una profunda crisis de la Iglesia rutena: debilidad de la jerarquía, escasez de centros educativos, tensiones sociales, expansión del protestantismo y presión de las corrientes confesionales propias de la Europa de la Reforma y la Reforma católica.
Los obispos rutenos Ipatij Potij e Iosif Veliamin Rutsky -la documentación histórica utiliza diversas transliteraciones para los nombres de la época- viajaron a Roma y realizaron una profesión de fe católica en nombre de la jerarquía que promovía la unión. Clemente VIII confirmó el acuerdo y garantizó la conservación de las tradiciones litúrgicas y eclesiásticas rutenas.
El sínodo celebrado en Brest en octubre de 1596 ratificó la unión por parte de seis de los ocho jerarcas participantes, entre ellos el metropolitano Mijaíl Ragoza. Otros obispos, representantes monásticos y grupos de fieles rechazaron el acuerdo y organizaron una asamblea contrapuesta. La división produjo dos ramas de la antigua Iglesia rutena: una vinculada a Roma y otra fiel a la jurisdicción ortodoxa.
Dimensión teológica y dimensión política
La Unión de Brest requiere una interpretación equilibrada. Desde el punto de vista teológico, sus promotores pretendían restablecer la comunión con Roma sin abandonar la tradición bizantina. La Santa Sede no exigió la adopción del rito latino: los acuerdos garantizaban la continuidad de la liturgia, del calendario y de la disciplina oriental, con las modificaciones necesarias para salvaguardar la doctrina católica y la comunión eclesial.
Desde el punto de vista político, el acuerdo tuvo lugar dentro de la Mancomunidad polaco-lituana, una estructura política en la que convivían poblaciones de distintas lenguas, tradiciones y confesiones. Las autoridades civiles, la nobleza, las instituciones eclesiásticas latinas, las cofradías ortodoxas y los intereses de los distintos grupos sociales influyeron en la recepción de la unión.
La existencia de presiones políticas no permite reducir la Unión de Brest a una simple imposición estatal. Tampoco permite presentarla como un proceso completamente ajeno a los conflictos de poder de su tiempo. Los obispos promotores actuaron en un contexto de crisis eclesial y buscaron en Roma una garantía para la reforma de la Iglesia rutena y la protección de sus tradiciones; al mismo tiempo, la monarquía y diversos sectores católicos favorecieron la unión por razones religiosas y políticas. La oposición ortodoxa fue real y provocó una profunda confrontación.
En los territorios bielorrusos la unión encontró menor resistencia que en algunas regiones ucranianas, aunque nunca alcanzó una aceptación universal. La población ortodoxa mantuvo instituciones propias y la jerarquía ortodoxa volvió a organizarse en determinados momentos del siglo XVII.