La Iglesia greco-católica rumana pertenece a las Iglesias católicas orientales. Forma parte de la única Iglesia católica, pero posee una tradición litúrgica, teológica, espiritual, disciplinar y cultural propia. Su comunión con Roma no implica la adopción del rito latino ni la desaparición de su patrimonio oriental.
El calificativo greco-católica alude a su pertenencia a la tradición bizantina, no a una identidad étnica griega. La comunidad rumana celebra la Divina Liturgia bizantina, honra los iconos, conserva el calendario litúrgico oriental y mantiene formas de oración, ayuno y espiritualidad recibidas de la tradición cristiana de Oriente.
La unión con Roma nació con el compromiso explícito de conservar íntegramente el rito, la Divina Liturgia, los ayunos y el calendario propios.1 Por ello, el rito bizantino constituye un tesoro teológico y espiritual, no una concesión histórica otorgada a una comunidad que hubiera abandonado su identidad. La Iglesia católica reconoce en las Iglesias orientales una manifestación auténtica de la riqueza de la tradición apostólica común.2



