La fe cristiana llegó a los ucranianos desde Bizancio, y su Iglesia estuvo originalmente vinculada al Patriarcado de Constantinopla1. La Metropolia de Kiev, nacida del Bautismo de San Vladimiro, mantuvo la comunión tanto con la Iglesia de Roma como con la de Constantinopla, incluso después de la ruptura entre estas dos sedes2.
Durante el siglo XIV, la mayoría de los ucranianos quedaron bajo el control político de la Lituania católica. Más tarde, en 1439, el Metropolitano Isidoro de Kiev asistió al Concilio de Florencia y aceptó la unión entre católicos y ortodoxos. Sin embargo, esta unión fue rechazada por la mayoría de los ucranianos en Lituania pocas décadas después1.
En 1569, la unión de Lituania y Polonia formó una única mancomunidad, lo que llevó a que gran parte de Ucrania pasara a control polaco. En este contexto, el protestantismo se expandía rápidamente, y los jesuitas comenzaron a promover una unión entre católicos y ortodoxos para contrarrestar la influencia protestante. Muchos ortodoxos también vieron favorablemente esta unión como una forma de mejorar la situación de su clero y preservar sus tradiciones bizantinas frente a la expansión del catolicismo latino polaco1.

