El término Iglesia militante (en latín, Ecclesia militans) surge en la patrística y se consolida en la teología medieval para describir la condición de los cristianos en el mundo presente. San Pablo lo anticipa en sus epístolas, como en Efesios 6:12: «Porque no tenemos que luchar contra sangre y carne, sino contra los Principios, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo de tinieblas». Esta imagen de combate espiritual se desarrolla en autores como San Agustín, quien en La ciudad de Dios contrapone la Ciudad de Dios (Iglesia) a la Ciudad terrena, en constante tensión.
En la Edad Media, Santo Tomás de Aquino sistematiza la doctrina en la Suma Teológica, vinculándola a la virtud de la fortaleza (fortitudo), que se ejerce en la batalla por el bien común y la salvación personal.3 El Catecismo del Concilio de Trento ofrece una definición clásica: «La Iglesia militante es la sociedad de todos los fieles aún habitantes en la tierra. Se llama militante porque libra guerra eterna con aquellos enemigos implacables: el mundo, la carne y el demonio».1 Esta lucha no es meramente metafórica, sino una realidad cotidiana que exige vigilancia y dependencia de la gracia divina.
