La Iglesia católica concibe a los cristianos en el mundo como «peregrinos» que caminan hacia la Iglesia triunfante1. Este concepto implica un viaje constante, una peregrinación necesaria que los fieles cristianos deben recorrer para alcanzar la vida eterna1,2. El Concilio Vaticano II, bajo el pontificado del Papa Juan XXIII, expuso que el cuerpo de la Iglesia católica se divide en tres partes: la Iglesia purgante, la Iglesia triunfante y la Iglesia peregrina, las cuales juntas constituyen el cuerpo espiritual de Jesucristo3.
El término «militante», a menudo asociado con la Iglesia peregrina, hace referencia a la lucha espiritual que los cristianos deben librar en el mundo terrenal contra las tentaciones y el pecado1. Esta lucha no implica un desprecio por el mundo o un desinterés por las actividades terrenales, sino una conciencia constante del destino eterno y una invitación a mirar más allá de lo temporal1.
