La expresión «Iglesia purgante» no identifica una institución distinta de la Iglesia de Cristo. Nombra a los miembros de la Iglesia que, después de la muerte, atraviesan la purificación final. El Compendio del Catecismo presenta esta comunión como una única familia en Cristo: algunos fieles peregrinan en la tierra, otros se purifican después de la muerte y otros ya gozan de la gloria de Dios e interceden por los vivos.1
El término Purgatorio procede del latín purgare, «limpiar» o «purificar». La doctrina católica lo entiende como una condición o estado de purificación temporal para quienes mueren reconciliados con Dios, pero todavía no han alcanzado la plena liberación de las faltas veniales o de las consecuencias temporales del pecado.2
La Iglesia purgante posee, por tanto, tres características fundamentales:
- Sus miembros han muerto en la amistad de Dios.
- Su salvación eterna está asegurada.
- Todavía necesitan una purificación completa antes de contemplar a Dios cara a cara.
El Purgatorio no constituye una segunda posibilidad de conversión después de la muerte ni un estado intermedio entre salvación y condenación. Quien entra en él pertenece ya a los elegidos y llegará necesariamente a la gloria.


