El término «Iglesia universal» se deriva de la palabra griega kath’hólon, que significa «según el todo» o «concerniente al conjunto»1,2. Este concepto de universalidad es una propiedad esencial de la Iglesia, inherente a su misma esencia por institución divina1. San Ignacio de Antioquía fue el primero en utilizar la expresión «Iglesia católica» cuando escribió a los fieles de Esmirna: «Donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica»1. Esta afirmación subraya que la catolicidad de la Iglesia está intrínsecamente ligada a la presencia de Cristo en ella2.
La Iglesia es universal en un doble sentido. Primero, es universal porque Cristo está presente en ella, y en ella subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza. Esto implica que la Iglesia recibe de Cristo la «plenitud de los medios de salvación» que Él ha querido, incluyendo la confesión correcta y completa de la fe, la vida sacramental plena y el ministerio ordenado en sucesión apostólica2. En este sentido fundamental, la Iglesia fue católica desde el día de Pentecostés y lo será hasta la Parusía2.
Segundo, la Iglesia es universal porque ha sido enviada por Cristo en misión a toda la humanidad3,2. Esta misión universal se extiende a todos los pueblos, habla a todos los hombres y abarca todos los tiempos3. No es simplemente el resultado empírico de la difusión de la Iglesia entre diferentes naciones, sino una forma constitutiva de su misión1.
