La palabra «Iglesia» (del griego ekklesia) significa «asamblea convocada» y tiene sus raíces en el concepto del Antiguo Testamento de la «reunión del pueblo de Dios» (qahal)6,7,8. Jesús no fundó una sinagoga separada, sino que buscó la conversión de Israel, aunque la Iglesia, en su pleno sentido teológico, surgió después de la Pascua como una comunidad de judíos y gentiles unida en el Espíritu Santo8.
La Iglesia es una sociedad organizada, visible y religiosa, con poderes, leyes, autoridad, medios y fines propios2. Sin embargo, es más que una simple organización; es un organismo enteramente vivo con su propia finalidad y principio de vida1. Es una realidad compleja que une elementos divinos y humanos, comparable al misterio del Verbo encarnado3,7. Esta unidad profunda e indivisible es central para el misterio de la Iglesia7.
Durante siglos, la Iglesia ha experimentado diversos cambios en su extensión por el mundo, pero ha permanecido idéntica a sí misma en su esencia, ya que los elementos que ha recibido siempre han estado sometidos a la misma fe fundamental1.
