La enseñanza católica sobre la ilicitud de la venta de órganos se basa en una visión integral de la persona humana. El cuerpo no es un simple agregado de tejidos o un bien disponible para transacciones económicas, sino una parte constitutiva de la identidad personal, unida inseparably al alma espiritual.1,2 Esta perspectiva antropologica deriva del Génesis, donde el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27), y se refuerza en la Encíclica Deus caritas est, que advierte contra reducir el cuerpo a un mero objeto.3
«El cuerpo de cada persona, junto con el espíritu que le ha sido dado singularmente, constituye una unidad inseparable en la que está impresa la imagen misma de Dios».3
Cualquier procedimiento que tienda a comercializar órganos humanos o considerarlos como artículos de intercambio es moralmente inaceptable, porque instrumentaliza el cuerpo y viola la dignidad de la persona.4,1 La Iglesia subraya que el ser humano no puede ser desposeído de partes de su cuerpo como si fueran mercancías, lo que llevaría a una lógica utilitarista incompatible con la caridad evangélica.2
En este sentido, la tradición católica rechaza el materialismo reductivo, que separa el cuerpo de su dimensión espiritual y relacional. La venta de órganos introduce la lógica del mercado en lo más íntimo de la vida humana, priorizando el provecho económico sobre el bien común y la solidaridad.3
