El uso de ceniza como signo de penitencia y humildad tiene raíces profundas en la tradición bíblica, mucho antes de su formalización en la liturgia cristiana. En el Antiguo Testamento, la ceniza se asociaba con el luto, la aflicción y el arrepentimiento ante Dios. Personajes como Job, al lamentar su condición, se sentaban en ceniza1. De manera similar, los habitantes de Nínive, al escuchar la predicación de Jonás, se cubrieron de ceniza y se vistieron de saco en señal de penitencia para implorar la misericordia divina. Abraham también se reconoció como «polvo y ceniza» al hablar con Dios, expresando su humildad y pequeñez1.
Este simbolismo bíblico es fundamental para comprender el significado de la imposición de ceniza en la Iglesia Católica. La ceniza evoca la fragilidad de la naturaleza humana, especialmente a causa del pecado original, y la conciencia de que «polvo eres y en polvo te convertirás» (Génesis 3,19)2,1,3,4,5,6. Es un recordatorio de la transitoriedad de la vida terrenal y la universalidad de la muerte, a la que el hombre está sujeto7,4,5,6.

