El gesto de la imposición de manos como señal de bendición y transmisión de dones espirituales es una práctica de gran antigüedad, presente desde los tiempos patriarcales. En el Antiguo Testamento, se observa cómo Jacob bendijo a sus hijos Efraín y Manasés imponiéndoles las manos, y Moisés confirió a Josué el liderazgo del pueblo hebreo de la misma manera1. Su dimensión religiosa se manifestó en la consagración de Aarón y sus hijos al sacerdocio, y en el ritual mosaico donde los sacerdotes imponían las manos sobre las víctimas de sacrificio1.
En el Nuevo Testamento, Jesucristo mismo empleó este rito para restaurar la vida a la hija de Jairo y para sanar a los enfermos1. Los Apóstoles continuaron esta práctica, imponiendo las manos sobre los recién bautizados para que recibieran los dones del Espíritu Santo en la Confirmación, y sobre aquellos que serían promovidos a las órdenes sagradas1,2. De hecho, la «imposición de manos» llegó a designar una doctrina católica esencial1.
Desde el siglo II, la Tradición Apostólica de Hipólito de Roma ya atestiguaba este rito3. A finales del siglo I, los Apóstoles o sus colaboradores más cercanos, y eventualmente sus sucesores, dirigían los colegios locales de episkopoi y presbyteroi. A principios del siglo II, la figura de un único obispo como cabeza de las comunidades se hizo muy clara, y esta institución fue explícitamente reconocida como portadora de la sucesión apostólica4. La ordenación con la imposición de manos, ya presente en las Epístolas pastorales, se clarificó como un paso importante para preservar la Tradición apostólica y garantizar la sucesión en el ministerio4.
La Iglesia Católica ha mantenido la imposición de manos como la «materia esencial» del sacramento del Orden, especialmente en la consagración de obispos1. El Concilio Vaticano II enfatizó la participación del pueblo y la simplicidad del rito, aunque el núcleo de la ceremonia ha permanecido constante a lo largo de los siglos5.
