La imposición de manos es una ceremonia de gran antigüedad, con raíces en los tiempos patriarcales. En el Antiguo Testamento, se observa a Jacob bendiciendo a sus nietos, Efraín y Manasés, colocando sus manos sobre ellos para conferirles una herencia y bendición1. Moisés, de manera similar, transmitió a Josué la autoridad sobre el pueblo hebreo mediante la imposición de manos1,2.
El aspecto religioso de este rito se hizo más evidente en la consagración de Aarón y sus hijos al sacerdocio. En el ritual mosaico, los sacerdotes ponían sus manos sobre las cabezas de los animales antes de sacrificarlos1,3,4. Un ejemplo notable es el del chivo expiatorio, donde el oficiante imponía sus manos sobre la cabeza del animal, orando para que los pecados del pueblo descendieran sobre él y fueran expiados en el desierto1.
En el Nuevo Testamento, Jesucristo empleó la imposición de manos para realizar curaciones1 y para bendecir a los niños5. Los Apóstoles continuaron esta práctica, imponiendo las manos sobre los recién bautizados para que recibieran los dones del Espíritu Santo en la Confirmación1,5,6,7,8. También la utilizaron para ordenar a quienes serían promovidos a las órdenes sagradas1,9. La Carta a los Hebreos incluso la enumera entre los «elementos fundamentales» de la enseñanza cristiana5,8.
La Iglesia primitiva mantuvo esta tradición, como atestigua la Tradición Apostólica de Hipólito Romano (alrededor del año 200), que menciona un doble rito: la unción pre-bautismal realizada por el presbítero y la imposición de manos por el obispo sobre los bautizados, derramando el santo crisma sobre sus cabezas10.
