El sacramento del Orden es fundamental para la vida de la Iglesia, ya que a través de él se mantiene la continuidad de la misión apostólica de Cristo1. Este sacramento confiere una gracia que permite a los obispos y presbíteros actuar in persona Christi Capitis, es decir, en la persona de Cristo como cabeza de la Iglesia. De esta manera, el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común de todos los fieles, ayudando a desplegar la gracia bautismal en la vida de los cristianos2. La presencia de un ministro ordenado es una condición esencial e irremplazable para la vida de la Iglesia, no solo para su organización efectiva3.
La Iglesia enseña que hay un solo sacramento del Orden, pero que este se confiere en tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado1. La plenitud del sacramento del Orden se encuentra en el episcopado4.
El Sacerdocio de Cristo y el Sacerdocio Ministerial
Jesús es el Sumo Sacerdote de una manera única e insustituible. Aquellos que hoy son llamados sacerdotes son simplemente vehículos de su sacerdocio, custodios de su redención y conductos a través de los cuales su redención desciende sobre el pueblo5. El poder del Orden en los sacerdotes de la Nueva Ley es una cualidad permanente que, por sí misma, no es activa, sino que, a la manera de un instrumento, necesita recibir de Cristo, cada vez que se ejerce, el poder que lo actualizará5. Este poder es instrumental y ministerial, completamente subordinado al poder sacerdotal de Cristo5.
