Los Improperios presentan una lamentación divina formulada como pregunta: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme». A continuación, el texto contrapone los beneficios concedidos por Dios -la liberación de Egipto, la conducción por el desierto, el alimento del maná y la entrada en la tierra prometida- con la pasión de Cristo: la cruz, los azotes, la corona de espinas, el vinagre y la lanzada.1
La palabra «reproche» no describe aquí un insulto ni una condena iracunda. El género literario pertenece a la tradición profética de la querella de alianza, mediante la cual Dios llama a su pueblo a reconocer su infidelidad y a volver a él. El tono doloroso nace del contraste entre el amor de Dios y el pecado humano. La pregunta «¿qué te he hecho?» no pretende obtener información, sino despertar la conciencia y suscitar una respuesta de arrepentimiento.
La liturgia introduce la respuesta del Trisagio, la triple aclamación a Dios santo, fuerte e inmortal, acompañada de una súplica de misericordia. Así, el recuerdo del pecado no termina en desesperación, sino en la invocación confiada de la compasión divina.1


