Circunstancias históricas
El Concilio de Nicea tuvo lugar en un periodo de profundas transformaciones para la Iglesia. Las persecuciones contra los cristianos habían terminado recientemente y el Edicto de Milán, promulgado en el año 313 por los emperadores Constantino y Licinio, parecía inaugurar una etapa de paz. Sin embargo, las tensiones externas y las controversias internas pronto provocaron divisiones dentro de la comunidad cristiana.
La cuestión central afectaba a la identidad de Jesucristo. La Iglesia debía precisar si el Hijo poseía verdaderamente la naturaleza divina o si ocupaba únicamente un lugar intermedio entre Dios y las criaturas. La respuesta del Concilio tendría consecuencias directas para la comprensión cristiana de la Encarnación y de la salvación.
La controversia arriana
Arrio, presbítero de Alejandría, enseñaba que Jesucristo no era verdaderamente Dios. Según su doctrina, el Hijo constituía una criatura superior y un mediador entre el Dios inaccesible y la humanidad. La afirmación «hubo un tiempo en que el Hijo no existía» expresaba la consecuencia principal de esta posición.
La controversia no consistía en una cuestión terminológica secundaria. La doctrina de Arrio modificaba el contenido de la fe cristiana sobre Dios y sobre la redención. Si el Hijo no era plenamente Dios, la Encarnación no manifestaba la entrada de Dios en la historia y la obra salvadora de Cristo quedaba privada de su fundamento último. La carta presenta la respuesta de Nicea como una defensa de la verdad cristiana sobre Jesucristo.
La definición de Nicea
El Concilio proclamó que Jesucristo es:
«Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre».
La palabra consustancial traduce el término griego homooúsios. Expresa que el Hijo posee la misma naturaleza divina que el Padre. Jesucristo no pertenece al orden de las criaturas ni constituye un ser intermedio: es eternamente el Hijo de Dios y participa plenamente de la divinidad.
La distinción entre engendrado y creado resulta fundamental. Una criatura recibe el ser por creación; el Hijo procede eternamente del Padre y posee con él la misma divinidad. Nicea protegió así la fe monoteísta y, al mismo tiempo, confesó la distinción real entre el Padre y el Hijo.