El incienso es una sustancia aromática que se extrae de árboles resinosos, principalmente de las especies Boswellia sacra de Arabia Félix y Boswellia papyrifera de la India, ambas pertenecientes a la familia de las Terebintáceas1. Se obtiene de la corteza de estos árboles, de manera similar a como se extrae la goma en la actualidad. Para intensificar su fragancia y generar un humo más denso, se le solían añadir otros elementos, que podían variar en número desde cuatro hasta trece, y cuya mezcla en proporciones adecuadas era una tarea específica asignada a ciertas familias en las ordenanzas del Antiguo Testamento1.
El uso del incienso no fue exclusivo del ámbito religioso; también se empleaba con fines profanos, por ejemplo, como antídoto contra la fatiga causada por el calor intenso, de manera similar a como se usan los perfumes hoy en día1. Escritores clásicos como Ovidio y Virgilio mencionan su introducción en el culto pagano, y Heródoto atestigua su uso entre asirios y babilonios, con representaciones de reyes egipcios balanceando incensarios en tablillas monumentales1.

