La incorruptibilidad se entiende como la ausencia de corrupción cadavérica, es decir, la resistencia del cuerpo humano a la putrefacción tras la muerte, atribuida a una intervención divina especial. No es un estado natural, sino sobrenatural, que manifiesta la victoria sobre el pecado y la muerte introducidos por el pecado original. En la antropología católica, el ser humano es una unidad sustancial de cuerpo y alma, donde el alma racional es per se et essentialiter forma del cuerpo.2 Esta doctrina, reiterada en encíclicas como Veritatis Splendor, rechaza cualquier disociación entre dimensiones corporales y espirituales en los actos morales y el juicio divino.2
Fundamentos bíblicos
La Sagrada Escritura alude a la incorruptibilidad como promesa escatológica. San Pablo escribe: «el corruptible se reviste de incorruptibilidad y lo mortal se reviste de inmortalidad» (1 Cor 15,53), vinculándola a la resurrección final. En el Antiguo Testamento, profetas como Isaías evocan imágenes de preservación divina (Is 21; Is 22), mientras que el Eclesiastés contrasta la fragilidad humana con la sabiduría eterna (Qo 10). San Ireneo de Lyon enfatiza que la unión con el Verbo encarnado otorga incorruptibilidad: «por ningún otro medio hubiéramos podido participar de la incorruptibilidad e inmortalidad, si no nos hubiéramos unido a la incorruptibilidad e inmortalidad».4

