La práctica de conceder indulgencias tiene sus raíces en los primeros siglos de la Iglesia. Ya en la época de los mártires, los cristianos que habían apostatado pero deseaban ser readmitidos en la comunión de la Iglesia a menudo obtenían de los mártires un memorial (libellus pacis) para presentarlo al obispo. Este, en consideración de los sufrimientos de los mártires, podía admitir a los penitentes a la absolución, liberándolos así de la pena en que habían incurrido1,2. Tertuliano, por ejemplo, menciona esta práctica en su obra «A los Mártires»1.
A lo largo de los siglos, bajo la inspiración continua del Espíritu Santo, la convicción de que los pastores de la Iglesia podían liberar a los individuos de los vestigios de los pecados aplicando los méritos de Cristo y de los santos llevó gradualmente al desarrollo de la doctrina y la disciplina de las indulgencias3. Los Papas romanos decretaron que ciertas obras útiles para el bien común de la Iglesia podían reemplazar todas las prácticas penitenciales, concediendo el perdón más completo posible a los fieles verdaderamente arrepentidos y confesados que realizaban tales obras3.
Un hito importante fue la indulgencia plenaria concedida en 1300 por Bonifacio VIII a quienes, contritos y confesados, visitaran las basílicas de San Pedro y San Pablo en Roma, dando origen al Año Jubilar1. Las indulgencias también se utilizaron para promover obras de caridad, como la construcción y el mantenimiento de hospitales1.
