La Indulgentiarum Doctrina surgió en un momento de profunda renovación eclesial impulsado por el Concilio Vaticano II (1962-1965), que buscaba adaptar las prácticas pastorales a las necesidades del mundo moderno sin alterar la esencia de la fe católica. Las indulgencias, entendidas como la remisión de la pena temporal por pecados ya perdonados en cuanto a culpa, habían sido objeto de controversias durante siglos, especialmente en la Reforma protestante del siglo XVI, donde se criticaron abusos como la venta de indulgencias.1 El Concilio de Trento (1545-1563) ya había defendido su validez doctrinal mientras condenaba excesos, pero la práctica medieval de medir indulgencias en días o años equivalentes a penitencias canónicas generaba confusiones.2
Pablo VI, continuando el espíritu conciliar de simplificación y enfoque en la misericordia, promulgó este documento para revitalizar la devoción a las indulgencias como expresión de la comunión eclesial. Influido por la teología del purgatorio y la satisfacción por los pecados, el papa enfatizó que las indulgencias no sustituyen la conversión personal ni los sacramentos, sino que complementan la gracia de Cristo.3 Este contexto histórico refleja un equilibrio entre tradición y reforma, respondiendo a la necesidad de una doctrina clara en una era de secularización.
