La palabra inerrancia expresa la ausencia de error en la Escritura. En sentido católico, no significa que cada frase bíblica utilice el lenguaje técnico de las ciencias contemporáneas, ni que todos los relatos adopten el mismo grado de precisión histórica. Significa que la Biblia, entendida correctamente según su género literario, su contexto y su finalidad, transmite fielmente aquello que Dios quiso comunicar.
La Iglesia recibe como sagrados y canónicos todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, porque fueron escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo y tienen a Dios como autor. Al mismo tiempo, los autores humanos actuaron como verdaderos autores, utilizando sus capacidades, conocimientos, estilos y recursos literarios.1
El Catecismo de la Iglesia Católica resume esta enseñanza afirmando que Dios es el autor de la Sagrada Escritura porque inspiró a sus autores humanos y actuó en ellos y mediante ellos; por eso sus escritos enseñan sin error la verdad salvífica.2
La inerrancia, por tanto, no identifica la Biblia con un dictado mecánico. La inspiración no anula la humanidad de los hagiógrafos -los autores sagrados-, sino que actúa mediante ella. La doctrina católica atribuye a Dios la autoría principal y reconoce a los escritores bíblicos una auténtica autoría subordinada o instrumental.
