La inerrancia bíblica se fundamenta en la convicción de que Dios es el autor principal de la Escritura, actuando a través de los autores humanos como instrumentos. Según esta doctrina, los libros sagrados, íntegros y en todas sus partes, han sido escritos bajo la dictación del Espíritu Santo, excluyendo por tanto cualquier error.1 No se trata de una mera ausencia de fallos formales, sino de una garantía divina de que la Biblia enseña sin error la verdad que Dios quiso comunicar para la salvación.2
Esta noción no implica que la Escritura sea un tratado científico o histórico moderno, sino que todo lo afirmado por los hagiógrafos —bajo inspiración divina— es verdadero. Como explica el Catecismo de la Iglesia Católica, Dios inspira a los autores humanos, asegurando que sus escritos transmitan fielmente su verdad salvífica.2 Distingamos aquí entre lo afirmado (lo que el autor enseña como verdad) y lo supuesto o narrado sin intención didáctica, como advierten teólogos como Germán Grisez: no todo enunciado en la Biblia es una proposición asertada por el Espíritu Santo.3
En resumen, la inerrancia es dinámica y salvífica, no estática ni exhaustiva en todos los ámbitos profanos, permitiendo así una lectura atenta al contexto histórico y literario.
