La base evangélica de la infancia espiritual se encuentra en las palabras de Jesús: «Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mateo 18,3)1. Estas palabras, junto con otras que exaltan la infancia (Mateo 11,25; 18,4; 19,14; 25,40), constituyen el fundamento más autorizado de esta espiritualidad1. Jesús también defendió el derecho de los niños a acercarse a Él, afirmando que «de los que son como ellos es el Reino de los Cielos» (Mateo 19,14)2.
Los Padres de la Iglesia también reflexionaron sobre la idea de la infancia espiritual en el contexto del crecimiento en la fe. San Agustín, por ejemplo, en sus Exposiciones sobre los Salmos, compara a los recién bautizados con niños que necesitan ser alimentados con la «leche de la enseñanza sencilla» antes de poder recibir el «alimento sólido»3,4. Él advierte contra el deseo prematuro de «carne» espiritual cuando aún se necesita «leche», instando a la paciencia y a la humildad para crecer en la fe5. Agustín también señala que la regeneración espiritual en el bautismo es suficiente para la salvación de los niños que mueren en la infancia, equiparando su dependencia de la Iglesia a la del feto en el vientre materno6,7.
