El relato tradicional
Según el Protoevangelio de Santiago y otros escritos relacionados, Joaquín y Ana llevaron a María al Templo cuando tenía tres años, en cumplimiento de la promesa realizada antes de su nacimiento. Allí habría permanecido dedicada a Dios y habría recibido formación junto a otras jóvenes.
La tradición medieval y oriental desarrolló ampliamente este episodio, que dio origen a la fiesta de la Presentación de la Virgen María. Los relatos describen a la niña ascendiendo por sí misma los escalones del Templo y consagrándose enteramente al servicio divino.
La Historia de José el Carpintero, obra apócrifa de origen antiguo, afirma que María fue ofrecida en el Templo a los tres años y permaneció allí nueve años, hasta cumplir los doce.
Valor espiritual
La presentación expresa una idea central de la espiritualidad mariana: María pertenece a Dios desde el comienzo de su existencia. Su vida aparece como una respuesta continua a la iniciativa divina y como una preparación para su misión única en la Encarnación.
La liturgia bizantina interpreta la Presentación de María mediante imágenes relacionadas con el Templo, el Arca de la Alianza y el santuario. Estas figuras expresan que María llegaría a ser la morada humana del Verbo encarnado.
La cuestión histórica
Los Evangelios no narran la presentación de María en el Templo. Tampoco existe una confirmación histórica independiente que permita reconstruir con seguridad una permanencia prolongada de niñas en el recinto sagrado.
La tradición cristiana antigua no fue completamente uniforme en este punto. San Ambrosio describió la vida de María antes de la Anunciación como vinculada a la casa de sus padres. Además, las descripciones conocidas del Templo de Jerusalén no ofrecen pruebas suficientes de que existiera allí una institución destinada a educar permanentemente a muchachas.
Por ello, la Iglesia puede conservar la Presentación como una celebración litúrgica y espiritual sin exigir que cada detalle narrativo de los apócrifos posea valor histórico. La doctrina católica distingue entre la verdad revelada y las formas literarias mediante las que la piedad cristiana ha meditado sobre ella.