La infertilidad no reduce el valor del matrimonio. El corazón de la mirada católica sitúa la procreación dentro del amor conyugal: la vida humana nace como don y se vincula al acto conyugal tal como lo piden la verdad del amor y la dignidad del ser humano.2
Benedicto XVI subraya que el matrimonio ofrece el «lugar» propio para llamar a la existencia a una nueva vida, porque el amor conyugal integra la dimensión biológica y la dimensión espiritual. Ese marco exige orientar la medicina hacia el bien integral de las personas implicadas.2
Además, la Iglesia reconoce la infertilidad como un problema que toca deseos humanos profundos: la medicina debe tratarla y prevenir sus causas, y el apoyo pastoral debe evitar el aislamiento.1

