Interpretación de los textos sagrados
Las Escrituras presentan el infierno a través de un lenguaje simbólico que ilustra la frustración y el vacío de una vida sin Dios1,2. El Antiguo Testamento se refiere a Sheol como un lugar de oscuridad donde los muertos se reunían, una fosa de la que no se podía regresar y donde era imposible alabar a Dios2. Sin embargo, la revelación sobre la condición de los muertos no estaba completamente desarrollada en ese momento2.
El Nuevo Testamento aporta una nueva luz, anunciando que Cristo, mediante su Resurrección, venció a la muerte y extendió su poder liberador al reino de los muertos2. La redención, no obstante, es una oferta de salvación que las personas deben aceptar libremente2. Por ello, todos serán juzgados «según sus obras» (Ap 20,13)2.
Gehenna y el fuego eterno
Jesús emplea a menudo el término «Gehenna» o «el fuego inextinguible» para referirse al lugar reservado para aquellos que, hasta el final de sus vidas, se niegan a creer y a convertirse, donde tanto el alma como el cuerpo pueden perderse3. La Gehenna se asocia con el valle de Hinón, un lugar al sur de Jerusalén donde se quemaba basura y, en tiempos antiguos, se realizaban sacrificios humanos, convirtiéndose en un símbolo de castigo y destrucción2.
Las imágenes del «fuego eterno» o el «horno de fuego» son utilizadas en el Nuevo Testamento para describir el lugar de los malvados, donde «será el llanto y el rechinar de dientes»2,3. La parábola del rico y Lázaro (Lc 16,19-31) también describe el infierno como un lugar de sufrimiento eterno sin posibilidad de retorno o alivio del dolor2. El Libro del Apocalipsis lo representa figurativamente como un «lago de fuego» para quienes se excluyen del libro de la vida, enfrentando así una «segunda muerte»2. Estas imágenes simbolizan la separación definitiva de Dios, que es la fuente de toda vida y alegría1,4.
